En un rincón del Jura bernés, la tierra ha guardado durante 175.000 años los restos de un visitante cósmico sin igual en Europa: el meteorito de Twannberg, único ejemplar de hierro tipo IIG registrado en el continente. Lo que comenzó con el hallazgo casual de una agricultora en 1984 se ha convertido en una búsqueda sistemática que ha revelado más de 2.200 fragmentos, cada uno un testigo doble de la historia del cosmos y de las glaciaciones que modelaron los Alpes suizos. La ciencia, paciente como el hielo que dispersó esos fragmentos, sigue escuchando lo que el campo aún no ha dicho.