A los veinticinco años, Steve Jobs poseía cien millones de dólares y, sin embargo, declaró que esa cifra nunca tuvo peso en sus decisiones. Fundador de Apple junto a Steve Wozniak, Jobs construyó su filosofía sobre una premisa que desafía la lógica convencional del capitalismo: la riqueza no es el destino, sino la sombra que proyecta el trabajo hecho con verdadera convicción. Su trayectoria —desde un garaje en California hasta transformar industrias enteras— sugiere que el propósito sostenido puede ser, paradójicamente, la estrategia más poderosa de todas.