En el verano de 2022, Sri Lanka alcanzó el límite de una crisis que llevaba años gestándose: décadas de deuda acumulada, una economía devastada por el terrorismo, la pandemia y la mala gestión, culminaron en una inflación del 45% y el desabastecimiento de bienes esenciales. Más de cien mil ciudadanos tomaron las calles y la residencia presidencial, obligando al presidente Gotabaya Rajapaksa a huir a Maldivas antes de renunciar formalmente, dejando al país en un vacío de poder tan profundo como su quiebra económica. Es la historia de una nación que, setenta y cuatro años después de su independe
Sri Lanka en caos: presidente huye tras protestas masivas por crisis económica
Huyó a Maldivas antes de renunciar, evitando perder su inmunidad
¿Por qué un presidente elegiría huir a otro país en lugar de simplemente renunciar?
Porque renunciar formalmente lo habría dejado sin inmunidad presidencial. Una vez que pierdes esa protección, estás expuesto a cargos legales por corrupción y mala gestión. Huyendo antes de hacer la renuncia formal, mantuvo esa protección, al menos temporalmente.
Entonces la gente en las calles sabía que estaba evadiendo la responsabilidad.
Exactamente. Más de cien mil personas se congregaron frente a su casa exigiendo su dimisión. Algunos entraron a la residencia. Eso no fue un acto de civismo; fue rabia. La gente estaba esperando en colas durante horas para conseguir arroz, combustible, medicinas que no había. Sus hijos no podían ir a la escuela porque no había transporte. Los hospitales no funcionaban.
¿Cómo se llegó a una crisis tan profunda?
Décadas de endeudamiento para financiar servicios públicos que el país no podía sostener. Luego vinieron los monzones, los ataques terroristas, la pandemia. El Gobierno intentó reducir impuestos para estimular la economía, pero eso destruyó la recaudación. Sin dinero para pagar la deuda, comenzaron a consumir sus reservas de divisas. De seis mil novecientos millones de dólares a dos mil millones en cuatro años.
¿Y el nuevo presidente interino puede resolver esto?
Wickremesinghe es el mismo primer ministro que estuvo en el Gobierno durante la crisis. Su primer acto fue imponer toques de queda. No hay señales de que tenga un plan diferente. Las elecciones son en una semana.
¿Qué sucede si la situación empeora antes de esas elecciones?
Sri Lanka ya está en bancarrota. El país tiene combustible para un día. No hay mucho más que pueda empeorar en términos económicos. Lo que puede empeorar es el orden público.
O Pulso
- Sri Lanka declaró su bancarrota formal en julio de 2022, con reservas de divisas desplomadas de US$6.900M a US$2.000M y una inflación que superó el 45% anual.
- Más de cien mil manifestantes tomaron la residencia presidencial, nadaron en su piscina y recorrieron sus pasillos, convirtiendo el símbolo del poder en escenario de la furia popular.
- Rajapaksa prometió renunciar el miércoles, pero huyó a Maldivas la noche anterior para conservar su inmunidad presidencial y evitar posibles cargos legales.
- El primer ministro Wickremesinghe asumió como presidente interino, impuso toques de queda en Colombo y convocó elecciones presidenciales para el 20 de julio, mientras la policía seguía lanzando gases lacrimógenos contra los manifestantes.
- Los ciudadanos continúan enfrentando colas interminables para obtener combustible, alimentos y medicinas racionados, en un país que aún no tiene certeza sobre lo que vendrá después.
En el verano de 2022, Sri Lanka alcanzó el límite de una crisis que llevaba años gestándose: décadas de deuda acumulada, una economía devastada por el terrorismo, la pandemia y la mala gestión, culminaron en una inflación del 45% y el desabastecimiento de bienes esenciales. Más de cien mil ciudadanos tomaron las calles y la residencia presidencial, obligando al presidente Gotabaya Rajapaksa a huir a Maldivas antes de renunciar formalmente, dejando al país en un vacío de poder tan profundo como su quiebra económica. Es la historia de una nación que, setenta y cuatro años después de su independencia, se encontró sin reservas, sin combustible y sin presidente, buscando en las urnas una salida que la economía aún no garantiza.
A la medianoche del sábado, más de cien mil personas rodearon y traspasaron la residencia presidencial de Sri Lanka. El presidente Gotabaya Rajapaksa ya no estaba: había huido horas antes a Maldivas, dejando atrás cuatro meses de protestas, cientos de arrestos y un país en quiebra. Había prometido renunciar formalmente el miércoles, pero la renuncia lo dejaría sin inmunidad presidencial y expuesto a cargos legales. Prefirió escapar.
La crisis no nació de la política, sino de décadas de deuda acumulada y decisiones económicas fallidas. Monzones, los atentados terroristas de 2019, la pandemia y una reducción de impuestos que nunca reactivó la economía hundieron la calificación crediticia del país y cerraron el acceso a nuevos préstamos. El Gobierno comenzó a consumir sus propias reservas de divisas: de US$6.900 millones en 2018 a apenas US$2.000 millones a comienzos de 2022. Cuando la rupia se dejó flotar libremente en marzo, los precios se dispararon hasta una inflación del 45% anual.
La vida cotidiana se convirtió en una cadena de privaciones: colas interminables para obtener combustible, alimentos y medicinas racionados; cortes de electricidad prolongados; enfermos que no podían llegar a los hospitales; comercios cerrados por falta de energía. A principios de julio, el país tenía combustible para apenas un día. Sri Lanka declaró formalmente su bancarrota.
Las protestas habían comenzado en marzo. Rajapaksa culpó a factores globales y a la pandemia, mientras su gobierno intentaba medidas desesperadas: acudir al FMI, promover una semana laboral de cuatro días para que la gente cultivara sus propios alimentos, alentar la emigración. Nada alcanzó. La ira pública creció hasta que el sábado el presidente cedió, acordó renunciar y luego huyó.
El primer ministro Ranil Wickremesinghe fue nombrado presidente interino, amparado en una cláusula constitucional. Su primer acto fue decretar toque de queda en Colombo, mientras la policía dispersaba con gases lacrimógenos a manifestantes frente a su propia oficina. Las elecciones presidenciales fueron convocadas para el 20 de julio. Sri Lanka seguía en caos, sin presidente, esperando una salida que la economía todavía no tiene garantizada.
A la medianoche del sábado, más de cien mil personas se congregaron frente a la residencia presidencial en Sri Lanka exigiendo la renuncia de Gotabaya Rajapaksa. Algunos manifestantes traspasaron las puertas, se sumergieron en la piscina presidencial, recorrieron los pasillos de la casa que el presidente había abandonado horas antes. Cuatro meses de protestas, arrestos de cientos de personas, gases lacrimógenos lanzados contra multitudes, habían llegado a su punto de quiebre. Rajapaksa había prometido renunciar formalmente el miércoles. Pero cuando llegó ese día, no estaba. Había huido a Maldivas la noche anterior, dejando atrás un país en colapso y un vacío de poder que su primer ministro, Ranil Wickremesinghe, fue nombrado para ocupar como presidente interino.
La crisis que expulsó a Rajapaksa del poder no fue política en su origen, sino económica, y tan severa que no tenía precedentes en los setenta y cuatro años desde que Sri Lanka se independizó. Durante la última década, el Gobierno había pedido prestadas sumas enormes para financiar servicios públicos y cubrir un déficit gigantesco. La economía estancada fue golpeada después por monzones intensos, por los ataques terroristas de 2019 que devastaron el turismo, por la pandemia de covid-19. En respuesta, el Gobierno redujo los impuestos para estimular la actividad. La estrategia fracasó. La recaudación se derrumbó, la calificación crediticia de Sri Lanka se hundió, y el acceso a nuevos préstamos se cerró casi por completo. Entonces el Gobierno comenzó a consumir sus propias reservas de moneda extranjera para pagar la deuda externa. En 2018, esas reservas sumaban seis mil novecientos millones de dólares. A comienzos de 2022, apenas llegaban a dos mil millones.
En marzo, el Gobierno dejó flotar libremente la rupia de Sri Lanka. La moneda se devaluó bruscamente frente al dólar, y los precios de todo comenzaron a subir. Para mayo de 2022, la inflación interanual había alcanzado el cuarenta y cinco por ciento, comparada con el tres punto siete por ciento de enero de 2021. Los ciudadanos enfrentaban ahora una rutina diaria de esperas en colas largas para obtener artículos básicos que estaban racionados: combustible, alimentos, medicinas. Los cortes de electricidad eran frecuentes y prolongados. Los trenes redujeron su frecuencia. Los enfermos no podían llegar a los hospitales porque no había transporte. Los comerciantes cerraban sus negocios porque no podían operar refrigeradores ni aires acondicionados. El arroz, alimento fundamental, se volvía cada vez más caro. En ocasiones, la frustración de esperar sin garantía de recibir nada llevaba a enfrentamientos entre civiles y la policía o los militares que custodiaban el proceso de distribución.
Las protestas masivas comenzaron en marzo, cuando la crisis se hizo insoportable. Rajapaksa, acusado de corrupción de alto nivel y de la mala gestión económica que había llevado al país a la bancarrota, se convirtió en el blanco principal de la ira pública. El presidente respondió culpando a factores económicos globales y a la pandemia. Su Gobierno intentó medidas paliativas: acudir al Fondo Monetario Internacional, establecer una semana laboral de cuatro días para que las personas pudieran cultivar alimentos en sus casas, alentar a los ciudadanos a trabajar en el extranjero y enviar dinero a sus familias. Nada fue suficiente. A principios de julio, el país tenía combustible para apenas un día. El martes de esa semana, Sri Lanka declaró su bancarrota.
El treinta y uno de marzo, los manifestantes lanzaron ladrillos e incendiaron fuegos frente a la residencia presidencial. La policía respondió con gases lacrimógenos. El Gobierno declaró la emergencia nacional el primero de abril. Las protestas continuaron, los arrestos se multiplicaron en cientos. Cuatro meses después, el sábado, Rajapaksa finalmente cedió. Acordó renunciar el miércoles, pero la renuncia lo dejaría sin inmunidad presidencial y potencialmente expuesto a cargos legales. Esa noche, antes de que llegara el miércoles, huyó a Maldivas. Citó una sección de la constitución que permite a un primer ministro asumir los poderes presidenciales cuando el presidente está ausente del país. Wickremesinghe fue nombrado presidente interino. Su primer acto fue ordenar un toque de queda en Colombo y en la provincia occidental después de que la policía lanzara gases lacrimógenos contra manifestantes frente a su oficina. Las elecciones para elegir un nuevo presidente fueron convocadas para el veinte de julio. Sri Lanka seguía en caos, ahora sin su presidente, esperando lo que vendría después.
Citações Notáveis
La crisis actual es el resultado de varios factores económicos y de la evolución mundial— Gotabaya Rajapaksa, presidente de Sri Lanka, en declaración de abril
La semana de cuatro días permitiría a las personas dedicar un día a la semana a cultivar alimentos— Gobierno de Sri Lanka, en junio de 2022