En el umbral de una reforma que busca simplificar y purificar el mercado de combustibles peruano, la industria petrolera pide al Estado una pausa antes del salto. La Sociedad Peruana de Hidrocarburos solicitó en junio de 2022 una prórroga de tres a seis meses para que las estaciones de servicio puedan adaptarse a la nueva norma que, desde julio, limitaría la venta a solo dos tipos de gasolina y gasoholes. Detrás de la petición coexisten dos verdades difíciles de reconciliar: el beneficio ambiental a largo plazo de combustibles más limpios, y el costo inmediato que recaerá sobre quienes menos p
SPH solicita aplazar hasta 6 meses entrada en vigencia de venta de solo 2 tipos de gasolina
El cambio no reducirá precios, solo renombrará octanos
¿Por qué el gremio de hidrocarburos no simplemente se prepara para julio si la medida ya estaba anunciada?
Porque julio llegaba en semanas, no meses. Las estaciones de servicio no son solo tiendas—son sistemas complejos con bombas calibradas, inventarios específicos, sistemas de punto de venta. Cambiar todo eso requiere tiempo, dinero, coordinación.
Pero si la medida es buena para el ambiente, ¿no debería implementarse rápido?
Ese es el dilema. Sí, menos plomo y azufre es mejor. Pero el gremio argumentaba que la prisa podría generar caos operativo, y además, ¿quién paga el costo? Los transportistas que no pueden cambiar de vehículo de la noche a la mañana.
¿Entonces la medida haría más caro el combustible?
No para todos. Para quien usa gasolina regular o premium, probablemente no. Pero para quien dependía de opciones más baratas, sí. Es un cambio que beneficia al ambiente pero redistribuye costos de forma desigual.
¿Qué pasó con la solicitud de prórroga?
Eso no está en el registro. Lo que sabemos es que el gremio la pidió, con argumentos sólidos sobre logística y contexto económico. Si fue aprobada, rechazada o negociada, eso es otra historia.
¿Por qué el gremio no pidió simplemente eliminar la medida?
Porque sabían que no era viable políticamente. La regulación ambiental estaba decidida. Lo que podían hacer era comprar tiempo, demostrar que la implementación abrupta era problemática, y esperar que eso generara una conversación más matizada.
El Pulso
- Una norma programada para julio amenaza con eliminar de golpe las opciones intermedias de gasolina que millones de conductores peruanos han usado durante años.
- Las estaciones de servicio advierten que el plazo es insuficiente para reconfigurar bombas, capacitar personal y ajustar operaciones en medio de una crisis global de precios del petróleo.
- El gremio propone una 'marcha blanca' de transición para identificar obstáculos reales antes de que la norma sea definitiva, evitando un cambio abrupto sin red de seguridad.
- Lejos de abaratar el combustible, la medida podría encarecer los costos para transportistas que dependían de gasolinas de menor octanaje, agravando una presión económica ya existente.
- El gobierno debe decidir si la prórroga es una demora razonable o una resistencia velada a una reforma que, pese a su incomodidad, apunta hacia un aire más limpio para el país.
En el umbral de una reforma que busca simplificar y purificar el mercado de combustibles peruano, la industria petrolera pide al Estado una pausa antes del salto. La Sociedad Peruana de Hidrocarburos solicitó en junio de 2022 una prórroga de tres a seis meses para que las estaciones de servicio puedan adaptarse a la nueva norma que, desde julio, limitaría la venta a solo dos tipos de gasolina y gasoholes. Detrás de la petición coexisten dos verdades difíciles de reconciliar: el beneficio ambiental a largo plazo de combustibles más limpios, y el costo inmediato que recaerá sobre quienes menos pueden absorberlo.
A mediados de 2022, con los precios del petróleo disparados en todo el mundo, el Perú se preparaba para cambiar radicalmente la forma en que sus ciudadanos compran combustible. La norma era concreta: a partir de julio, las estaciones de servicio solo podrían ofrecer dos tipos de gasolina y dos clases de gasoholes. Las opciones intermedias que los conductores conocían de toda la vida desaparecerían de las bombas.
Felipe Cantuarias, presidente de la Sociedad Peruana de Hidrocarburos, salió a pedir tiempo. El gremio solicitó al gobierno una prórroga de entre tres y seis meses, argumentando que el plazo de implementación era sencillamente insuficiente para que las estaciones modificaran sus sistemas, reconfiguraran sus equipos y prepararan a su personal. Cantuarias propuso además una 'marcha blanca', un período de prueba que permitiera detectar los problemas reales antes de que la norma fuera obligatoria. 'De esa manera, todos estaremos informados', sostuvo.
El momento era especialmente delicado. Pedir inversiones en adaptación mientras los márgenes del sector se comprimían por la crisis global de precios parecía, desde la perspectiva de la industria, un timing desafortunado. Y había un punto aún más sensible: la reducción de opciones no implicaría precios más bajos. Al contrario, los transportistas que dependían de gasolinas de menor octanaje verían incrementarse sus costos, porque esas opciones simplemente dejarían de existir.
El gremio, sin embargo, reconocía el valor ambiental de la reforma. Los nuevos combustibles autorizados contendrían menos plomo y azufre, lo que significaría aire más limpio y un parque automotor más saludable con el tiempo. Era el dilema clásico de la regulación: un costo presente a cambio de un beneficio futuro. La pregunta que quedaba suspendida era si el gobierno interpretaría la solicitud como una pausa legítima o como una resistencia disfrazada de pragmatismo.
A mediados de 2022, cuando el Perú se preparaba para una transformación en la forma de vender combustibles, la industria petrolera pidió tiempo. La Sociedad Peruana de Hidrocarburos, gremio que agrupa a las empresas del sector, solicitó al gobierno que demorara entre tres y seis meses la entrada en vigencia de una norma programada para julio que reduciría drásticamente la variedad de gasolinas disponibles en las bombas de las estaciones de servicio.
La medida que se avecinaba era clara en su intención: a partir de julio, los peruanos solo podrían comprar dos tipos de gasolina y dos clases de gasoholes para vehículos. Nada más. El cambio eliminaba las opciones intermedias que los conductores habían conocido durante años. Felipe Cantuarias, presidente del gremio, explicó que el plazo de implementación era insuficiente. Las estaciones de servicio necesitaban tiempo para modificar sus sistemas, reconfigurar sus bombas, capacitar a su personal y ajustar sus operaciones a esta nueva realidad regulatoria.
Cantuarias propuso un enfoque distinto: tres meses de información pública seguidos de una "marcha blanca", un período de prueba donde se pudiera identificar los obstáculos reales antes de la implementación definitiva. "De esa manera, todos estaremos informados", argumentó en una entrevista radial. Pero había más en juego que solo logística operativa. El contexto internacional era turbulento. Los precios del petróleo crudo habían subido de forma extraordinaria, presionando los costos de los combustibles en todo el mundo. En ese escenario de crisis global, pedir a las estaciones que invirtieran en adaptaciones mientras sus márgenes se comprimían parecía, desde la perspectiva del gremio, un timing desafortunado.
Lo que resultaba particularmente delicado era lo que la medida no haría. Cantuarias fue directo al punto: la reducción de opciones de gasolina no significaría precios más bajos para los consumidores. De hecho, podría significar lo opuesto para ciertos grupos. Aquellos transportistas y conductores que no usaban gasolina regular o premium—es decir, quienes optaban por las opciones de menor octanaje—enfrentarían costos más altos. El cambio era fundamentalmente una renumeración: lo que antes se llamaba gasolina de 84 octanos ahora tendría que ser reemplazado por opciones de mayor octanaje, con el correspondiente incremento de precio.
Sin embargo, el gremio reconocía un beneficio ambiental real. Los nuevos combustibles autorizados serían de mejor calidad, con menor contenido de plomo y azufre. Eso significaba menos contaminación, aire más limpio, y un parque automotor más saludable a largo plazo. Era el tipo de trade-off que caracteriza muchas decisiones regulatorias: un costo inmediato en nombre de un beneficio futuro más amplio.
La solicitud de prórroga se basaba entonces en dos pilares: la necesidad práctica de tiempo para que la industria se adaptara, y la realidad económica de un momento en que los precios de los combustibles ya estaban presionando los bolsillos de los peruanos. El gremio no pedía eliminar la medida, sino simplemente espaciarla, permitir que el sistema respirara antes del cambio obligatorio. La pregunta que quedaba abierta era si el gobierno vería la prórroga como una demora razonable o como una resistencia innecesaria a una reforma que, aunque incómoda, apuntaba hacia un futuro más limpio.
Citas Notables
Lo que funciona en el Perú es hacer todo un proceso de información de tres meses y luego hacer una marcha blanca para que se pueda identificar cuáles son los obstáculos— Felipe Cantuarias, presidente de la Sociedad Peruana de Hidrocarburos
Este cambio no va a generar una reducción efectiva del precio. Simplemente, lo que está cambiando es una denominación del número de octanos por galón— Felipe Cantuarias