Mientras el mundo duerme, el cerebro lleva a cabo una de sus tareas más silenciosas y esenciales: purificarse a sí mismo. Investigadores del MIT y la Universidad de Boston han descubierto que ráfagas de sonido rosa, sincronizadas con precisión quirúrgica con las ondas eléctricas del sueño profundo, pueden amplificar este proceso de limpieza neurológica, abriendo una vía no invasiva para combatir la acumulación de toxinas asociadas al Alzheimer. Es un hallazgo que sitúa el sonido —ese fenómeno tan antiguo como el viento— en el umbral de la medicina preventiva del siglo XXI.