Sismos de Venezuela y Colombia no desencadenarán terremoto en México, explica UNAM

Las placas tectónicas son máquinas independientes con ritmos y direcciones propias
El investigador de la UNAM explica por qué los terremotos en continentes diferentes no pueden estar conectados causalmente.
Mark

¿Por qué la gente cree que los terremotos en un continente pueden afectar a otro?

Mimi

Porque los terremotos son eventos espectaculares y aterradores. Cuando ves que ocurren varios en poco tiempo y en la misma región, tu mente busca conexiones. Es natural. Pero la realidad es que las placas tectónicas son como máquinas independientes, cada una con su propio ritmo y dirección.

Mark

Entonces, ¿los sismos de Venezuela y Colombia realmente no tienen nada que ver entre sí?

Mimi

Correcto. Aunque ocurrieron con pocas semanas de diferencia, fueron generados por placas completamente diferentes operando en ambientes geológicos distintos. Es como si dos accidentes de tráfico ocurrieran el mismo día en ciudades diferentes: la proximidad temporal no significa que uno causó el otro.

Mark

¿Y por qué septiembre tiene esa reputación en México?

Mimi

Porque la memoria es selectiva. Recordamos 1985 y 2017, dos terremotos devastadores en septiembre. Pero si miras las estadísticas de cien años, septiembre ni siquiera aparece en el top. Diciembre ha sido más activo sísmicamente. El mito persiste porque los eventos traumáticos dejan cicatrices más profundas que los números.

Mark

¿Significa esto que México está seguro?

Mimi

No. México está en una zona altamente sísmica. Pero el riesgo no viene de Venezuela o Colombia. Viene de las placas oceánicas que se deslizan bajo la costa del Pacífico, desde Nayarit hasta Chiapas. Hay zonas específicas, como la brecha de Guerrero, que no han tenido un gran terremoto en casi un siglo. Eso es lo que debería preocuparnos.

Mark

¿Entonces por qué reportan más terremotos ahora?

Mimi

Porque tenemos más estaciones de monitoreo. Detectamos sismos de magnitud 2 y 3 que antes pasaban desapercibidos. No es que tiemble más; es que ahora escuchamos mejor. Es como si antes solo podías oír los truenos, y ahora tienes un micrófono que capta cada gota de lluvia.

Mark

¿Hay algo que la sismología pueda predecir?

Mimi

Puede decirte dónde es probable que ocurran grandes terremotos. Puede identificar zonas de riesgo. Pero no puede decirte cuándo. Esa es la frontera que aún no hemos cruzado. Lo que sí podemos hacer es construir mejor y prepararnos mejor, y eso es lo que importa.

  • Los terremotos de magnitud 7.2, 7.5 y 7.4 en Venezuela y Colombia, ocurridos con apenas seis semanas de diferencia, dispararon la alarma en México justo cuando se acercaba septiembre, el mes más temido por la memoria colectiva.
  • La idea de que estos sismos forman una cadena que podría culminar en un gran terremoto mexicano circula con fuerza, pero los expertos la desmienten: las placas involucradas operan en ambientes geológicos completamente distintos y con movimientos independientes.
  • El mito de septiembre como mes sísmico por excelencia tampoco resiste el escrutinio estadístico: históricamente, diciembre concentra más terremotos de gran magnitud en México que el mes que marcó 1985 y 2017.
  • El aumento en sismos reportados por el Servicio Sismológico Nacional no refleja mayor actividad real, sino una red de detección más densa y sensible que ahora capta movimientos antes invisibles.
  • La amenaza concreta permanece en la brecha de Guerrero, entre Acapulco y Zihuatanejo, donde no se ha liberado un gran terremoto en 90 a 100 años, convirtiendo esa zona en la de mayor interés y preocupación para la sismología mexicana.

Cuando la tierra tiembla en Venezuela o Colombia, el instinto humano busca conexiones, presagios, cadenas invisibles que unan los continentes en un mismo destino sísmico. Pero la geofísica, paciente y rigurosa, recuerda que las placas tectónicas obedecen a lógicas propias, independientes y distantes: un investigador de la UNAM aclara que los recientes terremotos sudamericanos no guardan relación causal entre sí ni con México, y que el verdadero riesgo no reside en el calendario ni en la geografía lejana, sino en brechas sísmicas silenciosas que llevan un siglo acumulando tensión bajo suelo mexicano.

Los recientes terremotos en Venezuela y Colombia —magnitudes 7.2 y 7.5 en el primero, 7.4 en el segundo— encendieron una pregunta incómoda en México: ¿podrían estos movimientos desencadenar un gran sismo en territorio mexicano, especialmente con septiembre a la vuelta de la esquina? Luis Quintanar Robles, investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM, responde con claridad: no.

Los sismos venezolanos resultaron de la interacción entre la placa del Caribe y la placa Sudamericana, con un movimiento lateral similar al de la falla de San Andrés en California. El colombiano, en cambio, involucró a la placa de Nazca hundiéndose bajo la Sudamericana mediante subducción, a unos 103 kilómetros de profundidad. Son mecanismos distintos, placas distintas y ambientes geológicos que no se comunican. La posibilidad de que un sismo en Venezuela desencadene uno en México es, según el investigador, tan descabellada como atribuirle efectos en Japón.

El mito de septiembre tampoco sobrevive al análisis estadístico. Aunque 1985 y 2017 grabaron ese mes en la memoria colectiva, los registros históricos muestran que diciembre concentra más terremotos de gran magnitud en México. Un sismo puede ocurrir cualquier día del año; la sismología no permite predecir cuándo.

El aparente aumento en la actividad sísmica reportada tampoco debe interpretarse como una señal de alarma: lo que ha crecido es la capacidad de detección. Más estaciones y redes más densas permiten registrar movimientos de magnitudes cada vez menores, como los enjambres de sismos pequeños observados en Los Cabos.

Eso no significa que México esté libre de riesgo. Las costas del Pacífico, desde Nayarit hasta Chiapas, concentran la mayor amenaza sísmica del país. El caso más urgente es la brecha de Guerrero, entre Acapulco y Zihuatanejo, donde no se ha producido un gran terremoto en aproximadamente un siglo. Para Quintanar Robles, la lección de los sismos sudamericanos no es el miedo, sino la necesidad de mejores políticas de construcción y una cultura de protección civil que pueda marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Los terremotos recientes en Venezuela y Colombia han encendido una conversación incómoda en México: ¿podrían estos movimientos sísmicos desencadenar un gran terremoto en territorio mexicano? La pregunta cobra urgencia conforme se acerca septiembre, el mes que la memoria colectiva asocia con los desastres sísmicos más devastadores del país. Pero la sismología tiene una respuesta clara, según Luis Quintanar Robles, investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM.

Los tres terremotos —magnitudes 7.2 y 7.5 en Venezuela, y 7.4 en Colombia— ocurrieron con apenas seis semanas de diferencia y en relativa proximidad geográfica, lo que alimentó la idea de que formaban parte de una misma secuencia sísmica. Quintanar Robles rechaza esta interpretación de manera categórica. Los movimientos en ambos países fueron generados por interacciones completamente distintas entre placas tectónicas, operando en ambientes geológicos diferentes. El doblete sísmico venezolano resultó de la interacción entre la placa del Caribe y la placa Sudamericana, con un movimiento principalmente lateral u horizontal, similar al mecanismo de la falla de San Andrés en California. El terremoto colombiano, en cambio, estuvo relacionado con la placa de Nazca, que se introduce por debajo de la placa Sudamericana mediante subducción. La diferencia se refleja incluso en la profundidad: los sismos de tipo falla lateral como los de Venezuela tienden a ser superficiales, mientras que los de subducción varían según su distancia de la costa. El terremoto mexicano del 19 de septiembre de 2017 ocurrió a unos 50 o 60 kilómetros de profundidad; el colombiano, a aproximadamente 103 kilómetros.

La pregunta más inquietante es si un movimiento de magnitud 7 o superior puede modificar el comportamiento de las placas tectónicas a miles de kilómetros y desencadenar un terremoto en México. La respuesta del investigador es rotunda: no existe interacción de este tipo, y mucho menos una relación causa-efecto. Las placas tectónicas involucradas tienen movimientos independientes, con direcciones y velocidades radicalmente diferentes. El movimiento en el norte de Venezuela es lateral, de tipo este-oeste; en Colombia, la subducción ocurre en dirección noreste; en México, la subducción de la placa de Cocos también se orienta hacia el noreste. Estas velocidades tan distintas hacen imposible hablar de una relación entre el movimiento de una placa que produzca un sismo en otra. Quintanar Robles reconoce que sí puede existir una relación entre terremotos cuando ocurren en una región muy cercana —uno de los sismos de Venezuela pudo haber desencadenado al otro—, pero esa situación no puede trasladarse a eventos separados por miles de kilómetros y pertenecientes a ambientes tectónicos diferentes. La idea de que los sismos de Venezuela pudieron haber desencadenado sismos en Japón, señala con cierto sarcasmo, ya es una locura.

El mito de septiembre como mes de los grandes terremotos en México persiste en la memoria colectiva, alimentado por los recuerdos de 1985 y 2017. Sin embargo, las estadísticas históricas lo desmienten. Analizando los registros del siglo XX y lo que llevamos del XXI, septiembre ni siquiera concentra la mayor cantidad de temblores fuertes. Diciembre es el mes en el que se han registrado más sismos de gran magnitud. Esto no significa que México esté exento de un terremoto en septiembre —un sismo puede ocurrir en cualquier momento—, pero la sismología no permite predecir cuándo sucederá ni establecer una relación entre un terremoto en México y movimientos registrados previamente en otro continente.

La percepción de que México atraviesa un período de mayor actividad sísmica, alimentada por el aumento en el número de movimientos reportados por el Servicio Sismológico Nacional, requiere matización. Esto no necesariamente significa que estén ocurriendo más sismos. Lo que ha aumentado es la capacidad de detección: existen más estaciones y las redes de monitoreo se han densificado en todo el país, permitiendo detectar movimientos de magnitudes cada vez más bajas. La actividad registrada en Los Cabos, Baja California, durante los últimos años ilustra este punto: secuencias de sismos pequeños, principalmente de magnitudes 2, 3 y 3.5, que corresponden a lo que se conoce como enjambres sísmicos, donde ocurren numerosos movimientos de magnitudes similares sin que necesariamente ocurra un gran terremoto principal seguido de réplicas.

Que los terremotos de Venezuela y Colombia no aumenten el riesgo de México no significa que el país esté libre de la posibilidad de experimentar otro gran sismo. México se encuentra en una región altamente sísmica. La mayor parte de los terremotos de gran magnitud se origina en las costas del Pacífico, desde Nayarit hasta Chiapas, donde las placas oceánicas se introducen por debajo de la placa Norteamericana. En Nayarit y Jalisco interviene principalmente la placa de Rivera; desde Colima hacia Chiapas destaca la subducción de la placa de Cocos. También existe otro ambiente tectónico en el Golfo de California, donde predominan movimientos laterales entre las placas del Pacífico y Norteamérica. La sismología permite identificar estas regiones como zonas susceptibles de registrar terremotos, pero no puede determinar exactamente cuándo ocurrirá uno.

Un ejemplo particularmente relevante es la llamada brecha de Guerrero, entre Acapulco y Zihuatanejo, donde no se ha registrado un gran terremoto en aproximadamente 90 o 100 años. Su existencia convierte a esa zona en una región de especial interés para la investigación. Quintanar Robles añade que la sismología también estudia los llamados sismos lentos o silenciosos, movimientos que liberan energía durante semanas o incluso meses, pero que no producen la sacudida destructiva característica de un terremoto convencional. Aunque la sismología no puede anticipar cuándo ocurrirá el próximo gran terremoto, sí permite conocer las zonas donde existe mayor peligro y aportar información para reducir sus devastadoras consecuencias. Para el investigador, los terremotos recientes en Venezuela y Colombia dejan una lección importante: la necesidad de impulsar políticas de construcción más resistentes y una mayor cultura de protección civil, dos elementos que pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Son eventos ajenos completamente. Están involucrando placas tectónicas diferentes, por lo tanto están involucrando ambientes geológicos diferentes
— Luis Quintanar Robles, investigador de la UNAM
Da mucho de qué aprender este sismo en Colombia, lamentablemente de mucho que aprender, porque cuántas vidas ha costado
— Luis Quintanar Robles
Quieres la nota completa? Lee el original en El Financiero ↗
Contáctanos FAQ