En Hénin-Beaumont, una ciudad marcada por el declive industrial del norte de Francia, Marine Le Pen lanzó su cuarto intento por la presidencia ante sondeos que la sitúan como favorita indiscutible. Lo que distingue este momento de los anteriores no es solo su fortaleza electoral, sino la fragilidad de quienes deberían detenerla: una oposición fragmentada, una condena judicial que no ha mermado su popularidad y una Europa que observa cómo la marea ideológica de la derecha radical avanza de Berlín a París. La pregunta que pende sobre Francia —y sobre el continente— no es si Le Pen puede ganar, s