En el corazón de Sevilla, la Maestranza —templo de tradiciones arraigadas— abrió sus puertas al flamenco para inaugurar la vigésimocuarta Bienal, ese encuentro bienal donde el arte andaluz se mide a sí mismo y al mundo. La bailaora Ana Morales transformó el pregón inaugural en un acto vivo, sustituyendo la palabra dicha desde un atril por el lenguaje del cuerpo y el cante, como si la propia ceremonia quisiera recordar que el flamenco no se anuncia: se siente. Sevilla reafirma así, edición tras edición, que custodiar una tradición no significa congelarla, sino atreverse a reinventarla.