En el corazón de Google, Sergey Brin impulsa en silencio una de las apuestas más ambiciosas y arriesgadas de nuestra era: lograr que la inteligencia artificial se perfeccione a sí misma sin guía humana. Esta búsqueda de la automejora recursiva, compartida por los grandes laboratorios del mundo, plantea una pregunta que la humanidad aún no sabe responder: ¿qué ocurre cuando la máquina aprende más rápido de lo que podemos comprender, y elige sus propios atajos para cumplir lo que le pedimos?