En Guatemala, una epidemia de sarampión que ha infectado a más de 33.000 personas comienza a ceder en velocidad, pero no en crueldad: los bebés menores de un año mueren a una tasa veintitrés veces superior a la del resto de la población, recordándonos que la desaceleración de una curva no es sinónimo de justicia epidemiológica. La enfermedad, que parecía controlable con vacunas disponibles desde hace décadas, encuentra su terreno más fértil en la desnutrición, la exclusión indígena y los huecos de inmunización acumulados por generaciones.
Sarampión en Guatemala desacelera pero mortalidad en bebés permanece crítica
41 muertes confirmadas, con 84,6% de fallecidos analizados presentando neumonía como complicación; bebés menores de un año y poblaciones indígenas mayas concentran la mayor mortalidad.