El libro 'El conflicto no es abuso' de Schulman, publicado hace una década, predijo cómo perpetradores usarían la retórica victimista para justificar acciones autoritarias. Schulman vincula el fenómeno a la incapacidad de grupos privilegiados para aceptar crítica, mientras que personas traumatizadas también se sienten amenazadas por la diferencia.
Sarah Schulman: «Los agresores se presentan ahora como víctimas, es la norma global»
El castigo no funciona: solo crea más dolor
¿Por qué crees que el libro de Schulman de hace diez años se vuelve tan relevante ahora? ¿Qué cambió?
No cambió tanto como se aceleró. El patrón que ella identificó—perpetradores presentándose como víctimas—ya existía, pero ahora está en el centro de la política global. Trump, Netanyahu, toda la derecha internacional lo usan como estrategia principal.
Pero hay que ser cuidadoso aquí. Schulman está hablando de un fenómeno real, pero también está haciendo un diagnóstico político. ¿Cuánto de esto es análisis verificable y cuánto es su interpretación de por qué ciertos líderes actúan así?
Ella dice que los grupos privilegiados no pueden aceptar crítica. ¿Eso es universal o es específico de ciertos contextos?
Schulman lo ve como un patrón más amplio: la incapacidad de reconocer errores, la educación para dominar sin cuestionarse. Pero también reconoce que hay personas traumatizadas que reaccionan de formas similares.
Ese es un punto importante. Ella no está diciendo que solo los privilegiados hacen esto. Está diciendo que tanto los privilegiados como los traumatizados necesitan reprimir la diferencia. Eso es más matizado, pero también más difícil de verificar empíricamente.
¿Y qué de su propuesta sobre alianzas estratégicas? ¿Funciona en la práctica?
Su ejemplo del papa León y los inmigrantes es revelador. Ella antagoniza con la Iglesia católica en casi todo, pero en este tema están juntos. Eso es pragmatismo político real.
Aunque hay que notar que ella está hablando de su experiencia personal y de lo que vio en ACT UP hace treinta años. Las alianzas estratégicas funcionaron entonces, pero ¿funcionan ahora en un contexto tan polarizado? No lo sabemos.
¿Y sobre el castigo versus la reparación? Eso parece central en su pensamiento.
Ella dice que hemos confundido castigar a otros con reparar nuestro daño. Que el castigo solo crea más dolor. Es una crítica a la cultura punitiva actual.
Pero aquí hay una tensión sin resolver. Ella también documenta represión brutal: dos mil detenciones diarias, represión contra trans, violencia sexual. ¿Cómo se repara eso sin alguna forma de rendición de cuentas? No está claro que su propuesta tenga respuesta para eso.
O Pulso
- El libro 'El conflicto no es abuso' de Schulman fue publicado hace una década, antes de la presidencia de Trump
- Aproximadamente 2.000 personas son detenidas diariamente por el ICE en Estados Unidos sin haber cometido delito
- ACT UP logró victorias históricas contra la crisis del sida mediante una estructura que aceptaba el desacuerdo interno
- Schulman es judía estadounidense y aboga por que su gobierno deje de financiar a Israel
El libro 'El conflicto no es abuso' de Schulman, publicado hace una década, predijo cómo perpetradores usarían la retórica victimista para justificar acciones autoritarias. Schulman vincula el fenómeno a la incapacidad de grupos privilegiados para aceptar crítica, mientras que personas traumatizadas también se sienten amenazadas por la diferencia.
La escritora Sarah Schulman sostiene que el victimismo se ha convertido en herramienta política global para justificar la crueldad, un fenómeno que observa en Trump, Netanyahu y líderes de la derecha internacional.
Sarah Schulman escribió hace una década un libro que parecía advertencia sobre un futuro que ya estaba llegando. El conflicto no es abuso, publicado antes de que Donald Trump ganara la presidencia estadounidense, planteaba una tesis incómoda: que los perpetradores de violencia y abuso aprendían a presentarse a sí mismos como víctimas, y que esa retórica podía convertirse en arma política de alcance global. Diez años después, con el libro ahora editado en español por Capitán Swing, Schulman observa que su análisis se ha vuelto profético. Trump construye su discurso entero alrededor de la idea de que él es víctima. Netanyahu hace lo mismo. Vox, Milei, Le Pen: todos operan con el mismo guion. Lo que Schulman vio venir no fue una anomalía sino la norma.
La raíz del fenómeno, según explica la escritora, historiadora del sida y activista LGTBIQ+ de 68 años, está en cómo ciertos grupos dominantes experimentan la crítica como opresión. En Estados Unidos existe una narrativa persistente de que los hombres blancos son víctimas de las políticas de diversidad, de que el simple hecho de que mujeres y personas racializadas accedan a empleos constituye una forma de represión contra ellos. Lo que realmente ocurre, sostiene Schulman, es que a estos grupos se les ha enseñado que nunca deberían sentirse incómodos, y cuando se les pide que reflexionen sobre sus acciones o que ejerzan autocrítica, lo viven como un ataque. Pero hay otro lado de la moneda: personas profundamente traumatizadas que también se sienten amenazadas por cualquier diferencia, por cualquier expresión de alteridad. Tanto los privilegiados como los traumatizados, dice, necesitan que todo a su alrededor sea reprimido para no sentirse incómodos. Y eso es incompatible con una sociedad sana.
Un matiz crucial que Schulman subraya en su ensayo es que sentirse víctima no otorga automáticamente la razón. Pero la cultura contemporánea ha creado una exigencia imposible: para merecer compasión, la víctima debe ser perfecta, pura, impecable. Si una víctima reconoce que también fue parte del problema, que contribuyó de alguna manera, la respuesta inmediata es: entonces te mereces lo que te pasó. Schulman rechaza esa lógica. Reconocer la propia complicidad en un conflicto no invalida el daño sufrido. Lo que sí ha ocurrido, dice, es que hemos confundido el castigo de otros con la reparación de nuestro propio daño. Solo nos sentimos mejor si alguien es castigado. Pero el castigo no funciona: solo genera más dolor.
En Estados Unidos, el nivel de castigo ha alcanzado dimensiones que Schulman describe como brutales. Aproximadamente dos mil personas son detenidas diariamente por el ICE sin haber cometido delito alguno y son deportadas a países de los que ni siquiera proceden. El gobierno actual no responde ante la ley. Los inmigrantes, que son entre los trabajadores más productivos del país, son presentados como ladrones de riqueza nacional. Es un absurdo que refleja un patrón histórico: elegir una minoría pequeña, sin poder, desconocida para la mayoría, y convertirla en objeto de todos los temores. Las personas trans sufren represión sistemática usada como castigo ejemplarizante. Y aunque hay personas LGTBIQ+ en la élite que se alinean con el fascismo—Peter Thiel, Bari Weiss, Alice Weidel, Caitlin Jenner—Schulman insiste en que la identidad tiene peso pero no es determinante. Lo que importa son los valores con los que se vive.
Sobre Palestina e Israel, Schulman habla desde su posición como judía estadounidense. Millones de personas han salido a las calles por Palestina en todo el mundo, pero gobiernos como el de Estados Unidos siguen financiando a Israel. Para Schulman, su responsabilidad es impedir que su gobierno siga pagando las matanzas. Esa posición crece en popularidad. Si Estados Unidos dejara de financiar, el gobierno israelí colapsaría. El apoyo bipartidista estadounidense a Israel tiene raíces imperiales, racistas y coloniales, agravadas por el sionismo cristiano, que tiene más miembros que el sionismo judío en todo el mundo. Schulman ve esperanza en que España e Irlanda han demostrado alternativas, y cree que Europa debe liderar la oposición a Trump.
Su experiencia en ACT UP, la organización que lideró la lucha contra la crisis del sida en los años ochenta y noventa, le enseñó algo crucial sobre cómo construir movimientos duraderos. ACT UP triunfó porque tenía una estructura que aceptaba el desacuerdo. Un objetivo único: acción directa para acabar con la crisis. Una sola frase, no un manifiesto de cincuenta páginas. Dentro de ese marco, cada persona podía hacer lo que creyera útil. Esa democracia radical, donde podían coexistir muchas respuestas distintas, fue lo que la hizo exitosa. Todos los movimientos que intentan imponer un único análisis fracasan. Vivimos una situación donde todas las comunidades están bajo ataque de una oligarquía y amenazadas por la crisis climática. Pretender que todas tengan el mismo análisis es absurdo. Lo que se necesita es una política de alianzas estratégicas: trabajar con quienes coincidimos en ciertos temas y seguir adelante. Schulman pone un ejemplo personal: toda su vida ha antagonizado con la Iglesia católica, pero el papa León apoya a los inmigrantes, y cuando detienen a sacerdotes por enfrentarse al ICE, por primera vez están del mismo lado. Hay otras cuestiones en las que sigue discrepando. Esa flexibilidad, esa madurez política, es lo que hace falta.
En el Partido Demócrata estadounidense, por primera vez, existe un ala de izquierdas que está adquiriendo poder. Eso es nuevo y emocionante, ocurre en todo el país. Lo que pasó en Nueva York con la elección de Zohran Mamdani es, para Schulman, un milagro. Ha vivido allí toda su vida y nunca había visto a los neoyorquinos tan orgullosos de su ciudad. Ante esos éxitos, Trump agita el pánico moral invocando una supuesta amenaza comunista. Históricamente, ese término ha sido usado en Estados Unidos para silenciar: el gobierno ejecutó a los Rosenberg en 1953 por ser comunistas. El patrón es siempre el mismo: personas en peligro, vulnerables, son falsamente presentadas como peligrosas, cuando la amenaza real son otros, como los tecnoligarcas. Finalmente, sobre la violencia sexual, Schulman observa que sigue siendo generalizada, desde el poder más alto hasta la realidad cotidiana. Las mujeres han cambiado enormemente en los últimos años; los hombres, casi nada. Hay sobrerreacción cuando alguien expresa deseo, algo que no debería ser delito. Pero también existe una amenaza real: muchos hombres heterosexuales siguen siendo peligrosos. La gente sobrerreacciona ante ese peligro, y eso tiene consecuencias, como convertir el mero deseo en algo punitivo. Es comprensible, aunque problemático.
Citações Notáveis
La idea de que el perpetrador, el agresor, se presenta a sí mismo como víctima es, por desgracia, la norma a nivel global— Sarah Schulman
Reconocer ser parte de un problema no resta valor a haber sido una víctima— Sarah Schulman