Ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente español Pedro Sánchez tomó la palabra no solo como representante de un país, sino como defensor de un orden mundial que considera amenazado desde adentro. Sin pronunciar nombres, trazó una línea entre quienes construyen instituciones y quienes las erosionan, y propuso reformas concretas —desde el veto en el Consejo de Seguridad hasta el liderazgo femenino en la ONU— como señales de que el multilateralismo aún puede renovarse. Su discurso fue, en esencia, una apuesta por la dignidad colectiva frente al repliegue egoísta.