¡Salud Talese!: un homenaje en vida al padre del nuevo periodismo

Buen periodismo, simplemente buen periodismo, sin pretensiones literarias
El columnista reflexiona sobre lo que Talese y Wolfe llamaron "nuevo periodismo" a mediados del siglo XX.
Mark

¿Por qué decide escribir este homenaje ahora, cuando Talese sigue vivo? Parece inusual.

Mimi

Precisamente por eso. El columnista quiere evitar esos obituarios anticipados que algunos periodistas redactan antes de tiempo, listos para publicar al día siguiente de una muerte. Quería honrar a Talese mientras aún está aquí.

Luke

Pero ¿cómo sabe el columnista que Talese está vivo? Dice "ignoro cómo se encuentra habiendo alcanzado esa edad". Eso suena como si no tuviera información reciente.

Mimi

Es verdad, hay una incertidumbre ahí. Pero el punto es que el columnista quería escribir desde la admiración, no desde la urgencia de un fallecimiento.

Mark

¿Qué hace que Talese sea tan importante para este escritor?

Mimi

Descubrió tarde sus libros, pero cuando lo hizo encontró algo que lo marcó: la capacidad de extraer historias extraordinarias de personajes ordinarios, de gente que nunca salía en portada.

Luke

Eso está bien documentado en la obra de Talese, pero el columnista no cita ningún ejemplo específico de cómo Talese hacía eso. Solo dice que lo hacía.

Mimi

Bueno, sí hay un ejemplo: la crónica sobre Muhammad Ali en La Habana con Castro, donde Talese notó que Castro hablaba más con la mujer de Ali que con el propio boxeador.

Mark

¿Eso qué nos dice sobre el método de Talese?

Mimi

Que observaba lo que otros no veían. Que el verdadero reportaje está en los detalles que otros ignoran, en las dinámicas que pasan desapercibidas.

Luke

Pero el columnista no explica cómo Talese llegó a esa observación, qué técnicas usaba, cómo trabajaba. Solo dice que tenía "enorme capacidad de observación y registro".

Mimi

Quizá eso es suficiente para un homenaje. No es un análisis de su método, es un reconocimiento de su impacto.

  • La reedición de 'El silencio del héroe' devuelve al centro del debate periodístico a un hombre que nunca buscó el centro: Talese siempre prefirió los márgenes.
  • El columnista confiesa haber llegado tarde a su obra, y esa tardanza se convierte en urgencia: hay que leerlo mientras el autor todavía respira.
  • El llamado 'nuevo periodismo' que Talese ayudó a fundar era, según él mismo bromeaba, simplemente buen periodismo — una distinción que hoy, en la era del ruido informativo, resulta más provocadora que nunca.
  • La crónica de la última noche de Muhammad Ali en La Habana condensa todo su método: Talese notó que Castro habló más con Yolanda que con el propio campeón, un detalle invisible para quienes miraban sin ver.
  • El homenaje en vida es también una advertencia implícita contra la prisa del oficio: los obituarios anticipados, listos para golpear a los competidores, son lo opuesto de lo que Talese enseñó.

A los noventa y cuatro años, Gay Talese sigue vivo, y eso basta para celebrarlo. El columnista le rinde tributo no con el tono apresurado del obituario anticipado, sino con la gratitud de quien descubrió tarde a un maestro: el periodista ítalo-norteamericano que, junto a Tom Wolfe, redefinió el oficio de contar historias verdaderas en la América del siglo XX. Su legado no reside en las portadas, sino en las páginas interiores donde vivían los boxeadores olvidados, los atletas sin gloria y los detalles que otros dejaban pasar.

Hay olores que forman periodistas antes de que uno sepa que lo será. El columnista recuerda el papel de diario recién impreso en las mañanas de verano en Viña del Mar, y más tarde el olor tóxico de los plomos calientes en la linotipia universitaria, donde un viejo linotipista bebía leche a sorbos para contrarrestar el envenenamiento lento del plomo. Esa imagen —fascinarse con lo que daña, acercarse a lo que duele para contarlo bien— se convirtió en su primera metáfora del periodismo.

Pero el motivo de esta columna es otro hombre y otro oficio: Gay Talese, el ítalo-norteamericano que ronda los noventa y cuatro años y que pasó décadas escribiendo sobre quienes nunca ocuparon portadas. Boxeadores sin título, golfistas sin fama, atletas de páginas interiores: a todos ellos Talese les extraía historias de dimensión gigantesca. El columnista llegó tarde a sus libros, pero cuando lo hizo encontró trabajos que habían inspirado 'Los Sopranos' y aquella crónica perturbadora sobre un mirón que observaba parejas desde el entretecho de un motel.

Ahora se reedita 'El silencio del héroe', una colección de sus crónicas deportivas. El texto más espléndido es el de la última noche de Muhammad Ali en La Habana, cuando el boxeador ya retirado visitó a Fidel Castro. Talese estaba en ese círculo reducido y notó lo que otros habrían ignorado: que Castro conversó más con Yolanda —probablemente la última de las mujeres de Ali— que con el propio campeón. Ese es su método: mirar con atención lo que la mirada común descarta.

Talese y Tom Wolfe fueron bautizados padres del 'nuevo periodismo', aunque Talese siempre bromeó con la etiqueta. No era periodismo con pretensiones literarias, sino con vocación genuina y talento real. El columnista no sabe cómo se encuentra hoy, pero eso casi no importa: el hombre está vivo, y eso es razón suficiente para el tributo. '¡Salud, Talese!', dice, con la admiración de quien aprendió que las historias más grandes suelen vivir donde nadie piensa buscarlas.

Hay un olor que no se olvida: el del papel de diario recién impreso, tinta negra aún fresca, capaz de dejar marcas en los dedos. El columnista lo descubrió siendo niño, en las mañanas de verano cuando bajaba a la playa de Las Salinas en Viña del Mar con su madre y hermanos. El diario llegaba puntualmente a casa, pero no fue hasta años después, cuando empezó a recibir revistas infantiles como "Okey" y "Barrabases", que aprendió a oler esas páginas mientras las pasaba. Sus padres lo introdujeron temprano a la literatura y el cine de adultos: a los quince años encontró "El poder y la gloria" de Graham Greene sobre su velador, saltándose de un golpe toda la infancia lectora. Esa educación precoz en formas serias de contar historias marcó algo en él que persiste hasta hoy.

Años después, ya trabajando como docente en la universidad, desarrolló otra costumbre: acercarse cada día a la linotipia del taller de imprenta de su escuela para respirar el olor de los plomos calientes. El viejo linotipista que operaba esa máquina bebía leche a pequeños sorbos durante toda la jornada, un antídoto contra el envenenamiento lento del plomo que eventualmente lo atacaría. Ese olor tóxico se convirtió en la primera experiencia del columnista con una sustancia que dañaba mientras fascinaba, una metáfora quizá de lo que el periodismo exige: acercarse a lo que duele para contarlo bien.

Pero lo que quería recordar esta vez era a un periodista y escritor de los grandes: Gay Talese, el ítalo-norteamericano que ahora ronda los noventa y cuatro años. Talese pasó décadas escribiendo sobre personajes que nunca ocupaban la portada, que vivían en las páginas interiores de diarios y revistas. Boxeadores, jugadores de béisbol y baloncesto, golfistas, la mayoría sin éxito particular, pero a quienes Talese sabía extraerle historias de dimensión gigantesca. El columnista llegó tarde a sus libros, pero cuando lo hizo encontró trabajos que habían inspirado la legendaria serie "Los Sopranos", o aquel otro sobre un mirón que observaba parejas desde un hueco en el entretecho de un motel. Ahora, en 2026, se reedita "El silencio del héroe", una colección de sus crónicas como periodista deportivo que incluye el relato esplendido de la última noche de Muhammad Ali en La Habana, cuando el boxeador ya retirado visitó a Fidel Castro. Talese estaba allí, en ese círculo reducido de amigos, y notó algo que otros habrían pasado por alto: que Castro conversó más con Yolanda, probablemente la última de las mujeres de Ali, que con el propio campeón.

Talese y Tom Wolfe fueron reconocidos como padres del llamado "nuevo periodismo" norteamericano, un movimiento que surgió a mediados del siglo pasado. "¿Y qué tiene de nuevo?", bromeaba Talese, porque la verdad es que se trataba simplemente de buen periodismo, de muy buen periodismo. No era periodismo con pretensiones literarias, sino con vocación genuina y talento real, ejercido con una pluma excelente y una capacidad de observación y registro que pocos poseen. El trabajo consistía en mirar con atención, en registrar lo que otros no veían, en contar historias verdaderas con la precisión de quien sabe que cada detalle importa.

Ahora Talese tiene noventa y cuatro años y el columnista ignora cómo se encuentra, pero eso casi no importa. El hombre está vivo, y eso es razón suficiente para rendirle un homenaje que no sea de esos obituarios anticipados que algunos colegas redactan con prisa, listos para golpear a los competidores a primera hora del día siguiente. "¡Salud Talese!", dice el columnista, con la admiración de quien descubrió tarde lo que habría querido leer mucho antes. Es un tributo en vida a alguien que enseñó que el periodismo verdadero no necesita pretensiones: solo necesita ojos atentos, una buena pluma, y la paciencia de quien sabe que las historias más grandes a menudo viven en las páginas interiores.

¿Y qué tiene de nuevo? Porque la verdad es que se trataba de buen periodismo, de un muy buen periodismo
— Gay Talese, según el columnista
Un periodismo no con pretensión literaria, sino con vocación y talento de ese tipo, ejercido con buenísima pluma y con una enorme capacidad de observación y registro
— Reflexión del columnista sobre el método de Talese
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