Estamos vacunando con las dosis que llegan y se consumen inmediatamente
A mediados de marzo de 2021, el Ministerio de Salud del Perú anunció que en abril el país pasaría a vacunar a sesenta mil personas diarias contra el COVID-19, cuadruplicando su ritmo entonces vigente. La promesa no era retórica: descansaba en la llegada semanal de doscientas mil dosis de Pfizer y en la incorporación futura de vacunas de AstraZeneca. Con más de sesenta y siete mil brigadas sanitarias ya desplegadas, el obstáculo no era la capacidad humana sino el suministro, y la nación aguardaba que los cargamentos llegaran a tiempo mientras el virus seguía cobrando vidas.
- Perú vacunaba a cuentagotas en marzo de 2021, con una demanda que aplastaba una oferta insuficiente y una ola de contagios que no daba tregua.
- El ministro Óscar Ugarte confirmó que en abril arribarían doscientas mil dosis semanales de Pfizer, el combustible que permitiría encender la campaña a plena potencia.
- Más de sesenta y siete mil brigadas de vacunación —enfermeras y profesionales de salud— esperaban activas, listas para actuar en cuanto las dosis tocaran suelo peruano.
- La campaña se descentralizaba aceleradamente: cinco regiones fuera de Lima ya vacunaban, y Cusco y Cajamarca se incorporarían días después, distribuyendo la carga por todo el territorio.
- El cronograma trazaba una ruta clara: mayores de ochenta años inmunizados en la segunda quincena de abril, y el grupo de sesenta a setenta y nueve años atendido en mayo, siempre que los envíos llegaran según lo previsto.
A mediados de marzo de 2021, el ministro de Salud Óscar Ugarte confirmó que Perú vacunaría a sesenta mil personas diarias en abril, un número concreto que respaldaba la promesa del presidente Francisco Sagasti. El motor de ese salto era la llegada inminente de doscientas mil dosis semanales de Pfizer, a las que se sumarían posteriormente las vacunas de AstraZeneca, permitiendo cuadruplicar el ritmo de inmunización vigente en ese momento.
Ugarte fue enfático en un punto: la infraestructura no era el problema. El país disponía de más de sesenta y siete mil brigadas de vacunación, cada una integrada por una enfermera y dos profesionales de la salud. Lo que escaseaba eran las dosis. "Estamos vacunando con las vacunas que nos van llegando y se van consumiendo inmediatamente", señaló el ministro, describiendo una campaña que operaba sin margen de reserva.
Paralelamente, la campaña se extendía más allá de Lima. En la semana del anuncio, cinco regiones —incluido el Callao— ya participaban en el esfuerzo nacional, y Cusco y Cajamarca se incorporarían en los días siguientes. Esta descentralización era esencial para alcanzar a poblaciones vulnerables dispersas por el territorio.
El cronograma presentado era escalonado y preciso: los adultos mayores de ochenta años completarían su vacunación en la segunda quincena de abril, y en mayo comenzaría la inmunización del grupo de sesenta a setenta y nueve años. Detrás de cada fecha latía la urgencia de una nación en medio de una ola devastadora, consciente de que el verdadero punto de inflexión dependía de que los cargamentos prometidos llegaran puntualmente.
A mediados de marzo de 2021, el ministro de Salud peruano Óscar Ugarte se presentó ante las cámaras para confirmar lo que el presidente Francisco Sagasti había prometido semanas antes: en abril, Perú estaría vacunando a sesenta mil personas cada día contra el COVID-19. No era una aspiración vaga. Era un número concreto, respaldado por un plan de suministro que comenzaba a tomar forma.
La promesa descansaba en la llegada inminente de vacunas Pfizer. Ugarte explicó que cada semana de abril llegarían doscientas mil dosis del laboratorio estadounidense. Después vendrían las vacunas de AstraZeneca. Con ambos suministros fluyendo hacia el país, dijo el ministro, Perú podría cuadriplicar su ritmo de inmunización respecto a lo que estaba haciendo en ese momento de marzo.
Lo que Ugarte subrayó en su intervención fue que la capacidad ya existía. No era un problema de infraestructura o de personal. El país contaba con más de sesenta y siete mil brigadas de vacunación, cada una compuesta por una enfermera y dos profesionales de la salud. Lo que faltaba eran las dosis. "Estamos vacunando con las vacunas que nos van llegando y se van consumiendo inmediatamente", dijo el ministro, señalando que la demanda superaba ampliamente la oferta disponible en ese momento.
La campaña también estaba expandiéndose geográficamente. Hasta entonces, Lima había sido el centro de operaciones. Pero en la semana de la declaración de Ugarte, cinco regiones se habían incorporado al esfuerzo de vacunación, incluido el Callao. Cusco y Cajamarca se sumarían la semana siguiente. Esta descentralización era crucial: no solo permitía llegar a más personas, sino que también distribuía la carga de trabajo entre múltiples puntos de atención.
El cronograma que Ugarte presentó tenía claridad. Los adultos mayores de ochenta años, el grupo prioritario en ese momento, terminarían de recibir sus dosis en la segunda quincena de abril. Luego, en mayo, comenzaría la inmunización de adultos entre sesenta y setenta y nueve años. Era un plan escalonado, basado en edad y vulnerabilidad.
Lo que quedaba implícito en el discurso del ministro era una carrera contra el tiempo. Perú estaba en medio de una ola de contagios devastadora. Cada día sin vacunas era un día en el que el virus seguía circulando sin obstáculos. La llegada de Pfizer y AstraZeneca representaba un punto de inflexión potencial, el momento en el que la campaña podría pasar de un goteo lento a un flujo que realmente impactara la epidemia. Pero todo dependía de que esas dosis llegaran cuando se esperaba.
Notable Quotes
Tenemos capacidad de vacunar más de lo que estamos vacunando hoy diariamente— Óscar Ugarte, ministro de Salud
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué el ministro insistía tanto en que ya tenían la capacidad de vacunar más?
Porque en marzo estaban limitados por las dosis disponibles, no por falta de personal o equipamiento. Tenían las brigadas, tenían los lugares, pero las vacunas se acababan apenas llegaban. Era una frustración de oferta, no de demanda.
¿Qué tan realista era la promesa de sesenta mil personas diarias?
Depende de cómo se mire. Tenían los números sobre el papel: sesenta y siete mil brigadas, doscientas mil dosis semanales. Matemáticamente era posible. Pero eso asumía que todo funcionaría sin fricciones, que las dosis llegarían a tiempo, que no habría cuellos de botella logísticos.
¿Por qué expandir a Cusco y Cajamarca justo en ese momento?
Porque no podían permitirse concentrar todo en Lima. El virus estaba en todas partes. Además, descentralizar la vacunación hacía que el sistema fuera más resiliente. Si algo fallaba en un lugar, otros seguían adelante.
¿Qué pasaba con los adultos menores de sesenta años?
Todavía no estaban en el plan. En marzo de 2021, Perú apenas comenzaba con los mayores de ochenta. Los grupos más jóvenes tendrían que esperar meses. Era un proceso lento, escalonado por edad.
¿Cuál era el riesgo real si esas vacunas no llegaban a tiempo?
Que el país seguiría perdiendo semanas cruciales. Cada retraso significaba más muertes, más hospitalizaciones. La promesa de sesenta mil diarios solo valía si Pfizer cumplía con sus entregas.