A finales de los noventa, la fotógrafa estadounidense Sally Mann eligió a sus propios hijos como sujetos de una serie de retratos íntimos y desnudos, desatando una tormenta ética que dividió al mundo del arte. Con el tiempo, lo que fue escándalo se convirtió en canon: Mann ganó el Prix Pictet y fue reconocida como la mejor fotógrafa de su país. Hoy, una retrospectiva en San Sebastián invita a contemplar no solo su obra completa, sino la pregunta más honda que ella misma formula: ¿qué hace posible o imposible un acto artístico, el talento del creador o el momento histórico en que vive?