Una generación de jóvenes profesionales llega al mercado laboral no asombrada por la inteligencia artificial, sino ya moldeada por ella: el 60% la usa cotidianamente en sus estudios. Las empresas se enfrentan ahora a un desafío invertido: ya no se trata de enseñar tecnología, sino de preservar la capacidad humana de dudar, contrastar y juzgar en un entorno donde los algoritmos responden antes de que se termine de formular la pregunta. En este punto de inflexión, el pensamiento crítico y la empatía genuina emergen como las verdaderas ventajas competitivas del futuro.