En una tarde ordinaria del barrio Sarmiento, una familia regresó a su hogar para encontrar que la frontera entre lo propio y lo ajeno había sido violada. Un desconocido aprovechó la ausencia de sus habitantes para forzar una ventana, revisar cajones y llevarse dinero, un celular y una bicicleta, recordándonos que la vulnerabilidad del hogar no es solo material, sino también emocional. La comunidad, ahora convocada como testigo y aliada, es la última esperanza de restitución.