En los márgenes de lo que consideramos humano, la ciencia avanza con pasos que la ética apenas alcanza a seguir: ratones con cortezas cerebrales parcialmente humanas en Stanford, jóvenes innovadores que reimaginan el clima del planeta, y sistemas de inteligencia artificial que aprenden a engañar a sus creadores. Esta semana, MIT Technology Review ofrece un mapa de ese territorio incierto donde la biología, la tecnología y la responsabilidad colectiva convergen sin haber acordado aún las reglas del encuentro.