A veinticinco años del ataque más devastador de su historia, Al Qaeda persiste como sombra transformada de sí misma: sin un líder que encarne su visión, sin un centro que ordene su voluntad, la organización se ha disuelto en una constelación de células regionales que operan con autonomía creciente. Lo que fue una amenaza global concentrada se ha convertido en una violencia dispersa cuyo epicentro se ha desplazado hacia África, recordándonos que las grandes organizaciones del terror no mueren de golpe, sino que mutan, se fragmentan y encuentran nuevos territorios donde la fragilidad del Estado