En el veinticinco aniversario de los atentados del 11 de septiembre, una pregunta filosófica se impone sobre el duelo: ¿qué ha transformado más profundamente a Estados Unidos y al mundo, el horror de aquel martes de 2001 o la elección deliberada que la nación hizo al llevar a Donald Trump a la Casa Blanca? Lo que emerge no es una competencia entre dos eventos, sino el reconocimiento de que uno engendró al otro, que el trumpismo es, en parte, el hijo no deseado de las guerras interminables y las promesas rotas que siguieron a las torres en llamas. La historia rara vez se rompe en un solo punto;