Ante oficiales de la Marina rusa, Vladímir Putin volvió a invocar el agravio fundacional de su presidencia: la convicción de que Occidente traicionó a Rusia en los años posteriores al colapso soviético, expandiendo la OTAN pese a compromisos informales con Gorbachov y reescribiendo el orden internacional a su favor. Esta narrativa, repetida con precisión quirúrgica ante quienes ejecutan su estrategia militar, no busca explicar el pasado sino justificar el presente: la idea de que Rusia no agrede, sino que se defiende de un cerco que lleva décadas construyéndose.