Psicóloga explica por qué postergamos: "No es falta de voluntad, es un circuito aprendido"

No es falta de voluntad: es un circuito que aprendiste a activar
La psicóloga Ballesteros redefine la procrastinación como un mecanismo emocional aprendido, no como un defecto de carácter.
Mark

¿Por qué entonces tanta gente sigue creyendo que es un problema de disciplina?

Mimi

Porque el alivio es real. Cuando postergamos, nos sentimos mejor al instante. Es difícil ver que ese alivio es temporal y que estamos alimentando un ciclo que nos causa más dolor después.

Luke

Pero la pregunta es: ¿cuánta gente realmente logra cambiar esto con solo identificar la emoción? El artículo propone estrategias, pero no dice si funcionan o cuánto tiempo toma.

Mimi

Eso es justo. Ballesteros da herramientas, pero no hay datos sobre efectividad. Lo que sí es claro es que el primer paso es reconocer que no es un fallo moral.

Mark

¿Y si alguien identifica la emoción pero sigue sin poder empezar?

Mimi

Entonces probablemente necesite ayuda profesional. El artículo es educativo, no es un tratamiento. Algunos patrones de procrastinación están vinculados a ansiedad o depresión que requieren más que autoconocimiento.

Luke

Exacto. Y eso no está mencionado. Se presenta como si reconocer la emoción fuera suficiente para todos.

Mark

¿Entonces el cambio es posible o no?

Mimi

Es posible, pero depende de la persona y de cuán profundo sea el hábito. Lo que el artículo hace bien es quitar la culpa del ecuación. Eso por sí solo puede ser liberador.

  • Millones de personas postergan tareas no por flojera, sino porque su cerebro aprendió que evitar la incomodidad produce alivio instantáneo.
  • Ese alivio es una trampa: la tarea permanece, y cuando la fecha límite se acerca, la presión se multiplica junto con la culpa y la autocrítica.
  • El patrón se repite hasta volverse automático, atrapando a la persona en un ciclo que reconoce pero no puede detener fácilmente.
  • La psicóloga Ballesteros propone identificar la emoción detrás de cada postergación como primer paso concreto para interrumpir el hábito.
  • Dividir tareas en pasos pequeños y comenzar sin esperar motivación son estrategias que reducen la carga emocional que dispara el ciclo.

Desde hace tiempo, la procrastinación ha cargado con el estigma de la pereza o la debilidad moral. La psicóloga Bárbara Ballesteros ofrece una lectura distinta: postergar no es un fallo del carácter, sino un circuito emocional aprendido que busca alivio inmediato ante el malestar. Comprender este mecanismo —y las emociones que lo alimentan— es, según ella, el verdadero punto de partida para transformarlo.

Cuando una tarea incomoda, el impulso de dejarla para después puede sentirse irresistible. La psicóloga Bárbara Ballesteros ha estudiado este fenómeno y llega a una conclusión que contradice el sentido común: procrastinar no es debilidad ni falta de disciplina, sino un mecanismo emocional aprendido. Al posponer, la persona evita una emoción desagradable —ansiedad, inseguridad, aburrimiento— y obtiene un alivio inmediato. El problema es que ese alivio es ilusorio: la responsabilidad no desaparece, solo se traslada.

Con el tiempo, este patrón se convierte en un círculo vicioso. La incomodidad inicial lleva a postergar; postergar genera tranquilidad momentánea; pero cuando la fecha límite se acerca, la presión crece y se suman culpa y autocrítica. Repetido suficientes veces, el ciclo se vuelve automático: la persona puede ser plenamente consciente de las consecuencias y aun así encontrarse incapaz de actuar de otro modo.

Ballesteros propone comenzar por identificar qué emoción se está evitando antes de dejar algo para después. Ese reconocimiento abre la puerta a un cambio real. Entre las estrategias que recomienda: dividir las tareas grandes en pasos pequeños para reducir la sensación de agobio, empezar sin esperar a tener ganas —la incomodidad suele ceder una vez que se da el primer paso— y aprender a reconocer los propios desencadenantes para intervenir antes de que el mecanismo se active. La procrastinación, concluye, es un circuito aprendido; y lo que se aprende puede desaprenderse.

Cuando llega el momento de enfrentar una tarea incómoda, muchas personas descubren que tienen algo más urgente que hacer. El trabajo se queda para mañana, el proyecto académico para la noche anterior a la entrega, la llamada telefónica para después. La psicóloga Bárbara Ballesteros ha dedicado tiempo a entender por qué ocurre esto, y su conclusión desafía una creencia común: no se trata de debilidad de carácter ni de falta de disciplina. Es, en cambio, un mecanismo emocional que hemos aprendido a activar.

La procrastinación funciona como una estrategia de escape. Cuando una tarea genera ansiedad, inseguridad o simplemente aburrimiento, posponerla produce un alivio inmediato. La incomodidad desaparece en el momento en que decidimos no hacerla ahora. Pero ese alivio es engañoso. Lo que sucede es que la persona evita la emoción desagradable sin resolver el problema que la causa. El trabajo sigue ahí, la responsabilidad no desaparece, solo se traslada al futuro.

Este mecanismo crea un círculo vicioso que se refuerza con el tiempo. La incomodidad inicial lleva a postergar, lo que genera esa sensación momentánea de tranquilidad. Pero cuando se acerca la fecha límite, la presión aumenta dramáticamente. La tarea que parecía manejable se vuelve urgente y abrumadora. Además de la dificultad original, ahora hay culpa, autocrítica y estrés adicional. Si este patrón se repite una y otra vez, termina convirtiéndose en un hábito automático. Incluso cuando la persona es completamente consciente de las consecuencias de dejar todo para último momento, puede encontrarse incapaz de actuar de otra manera.

Ballesteros propone un camino diferente: identificar la emoción que está detrás de la postergación. Antes de dejar una obligación para después, la pregunta clave es: ¿qué emoción estoy evitando? Reconocer el origen del malestar es el primer paso para cambiar el comportamiento. Una vez identificada esa emoción, es posible modificar la manera en que se afronta la actividad que la genera.

La especialista ofrece varias estrategias prácticas. Dividir las tareas grandes en pasos pequeños y manejables reduce la sensación de abrumamiento que a menudo dispara la postergación. Comenzar una actividad sin esperar a tener ganas es otro enfoque: la incomodidad inicial suele disminuir una vez que se empieza. Reconocer los patrones propios también importa: en qué situaciones aparece la necesidad de postergar, cuáles son los desencadenantes, cuándo es más probable caer en el hábito. Con esa información, es posible intervenir antes de que el mecanismo se active.

Lo que Ballesteros está señalando es que la procrastinación no es un defecto de carácter sino un circuito aprendido. Y lo que se aprende puede desaprenderse. No requiere fuerza de voluntad sobrehumana, sino comprensión de cómo funcionan nuestras propias emociones y un cambio deliberado en la forma en que respondemos a ellas.

Cuando una tarea genera ansiedad, inseguridad o aburrimiento, postergarla produce un alivio inmediato que es engañoso porque no resuelve el problema subyacente
— Bárbara Ballesteros, psicóloga
Envie de l'histoire complète ? Lire l'original sur TN ↗
Nous contacter FAQ