Desde tiempos antiguos, la imagen propia ha sido un espejo del alma tanto como del cuerpo. Hoy, la psicología revela que el rechazo a ser fotografiado no nace del capricho ni de la vanidad herida, sino de mecanismos cognitivos profundos: el cerebro, al verse retratado, no contempla la totalidad sino que busca confirmar sus propios temores sobre el aspecto físico. Esta incomodidad, más extendida de lo que se admite socialmente, recuerda que la relación entre el ser humano y su imagen es siempre una negociación entre lo que somos, lo que creemos ser y lo que tememos que los demás vean.