No sirve para nada. Y esa es, específicamente, la utilidad que tiene una pasión
En Argentina, el fútbol no se explica con razones: se siente con una intensidad que desafía la lógica y atraviesa generaciones. El psicólogo Sebastián Saravia sostiene que precisamente su aparente inutilidad es lo que le otorga poder, convirtiéndolo en uno de los pocos espacios donde millones de personas —especialmente los hombres— encuentran permiso cultural para emocionarse sin restricciones. Lo que ocurre en una cancha o frente a un televisor no es un paréntesis en la vida argentina: es un espejo de cómo este país vive todo, siempre, al límite.
- El fútbol moviliza a Argentina de forma visceral porque opera en el terreno de lo inconsciente, donde la lógica no alcanza a explicar por qué una derrota puede arruinar una semana entera.
- La dinámica de masa disuelve la identidad individual: el hombre compuesto de la vida cotidiana puede terminar insultando desde la tribuna porque el grupo lo arrastra hacia un lugar donde sus propias reglas ya no rigen.
- Para muchos hombres argentinos, el fútbol es uno de los pocos canales culturalmente aceptados para llorar, gritar y abrirse emocionalmente, en una sociedad que les ofrece pocos espacios alternativos.
- La pasión no nace sola: se aprende en la infancia observando a los adultos, se consolida con rituales y cábalas, y se profundiza mediante la identificación psicológica con ídolos como Messi.
- El sufrimiento repetido —los nervios, la angustia, la frustración— no aleja a los hinchas sino que los retiene, en lo que el psicoanálisis llama goce: la paradoja de volver una y otra vez a aquello que sabemos nos hará daño.
- El fanatismo futbolero no es una rareza cultural sino la expresión más visible de un rasgo argentino más amplio: vivir todo en extremos, del amor a la política, del estudio a la música.
Un gol provoca lágrimas. Una derrota arruina la semana. Desconocidos se abrazan en la calle. El psicólogo Sebastián Saravia encontró en esa aparente inutilidad la clave para entender por qué el fútbol moviliza a Argentina de manera tan profunda.
En una entrevista reciente, Saravia explicó que la potencia del fútbol no reside en la lógica sino en aquello que la escapa. "No sirve para nada. Y esa es, específicamente, la utilidad que tiene una pasión", sostuvo. Esa inutilidad es lo que permite que millones encuentren en el deporte un espacio donde sentir que no están solos. Hay algo inconsciente que opera más allá de lo que la mente puede articular.
Cuando la lógica de masa entra en juego, la subjetividad individual se disuelve. El hombre que en su vida cotidiana mantiene la compostura puede terminar insultando desde la tribuna porque la masa lo arrastra hacia un lugar donde sus propias reglas ya no aplican. El fútbol también funciona como uno de los pocos espacios donde muchos hombres argentinos encuentran permiso para expresar lo que sienten, en una cultura donde los varones tienen menos canales para la emoción que las mujeres.
La identificación con los ídolos es otro mecanismo profundo: seguir a Messi no es solo admiración, sino un vínculo psicológico donde el hincha toma algo del otro y lo vuelve personal. Esa relación genera pertenencia y lealtad que trasciende generaciones. Y la pasión no surge espontáneamente: se aprende desde la infancia observando a los adultos, se refuerza con cábalas y rituales que responden a la necesidad humana de sentir control sobre lo incontrolable.
Hay una contradicción central en todo esto: el sufrimiento. El psicoanálisis lo llama goce —la paradoja de repetir aquello que sabemos nos generará angustia. Al ampliar la mirada, Saravia vinculó esta pasión con un rasgo más amplio de la cultura argentina: vivimos todo en extremos. El fanatismo futbolero no es una anomalía, sino la expresión de un acto irracional que define mucho de lo que somos como país.
Un gol provoca lágrimas. Una derrota arruina la semana. Desconocidos se abrazan en la calle. Millones de personas organizan sus días alrededor de noventa minutos de juego que, en términos prácticos, no sirven para nada. El psicólogo Sebastián Saravia encontró en esa aparente inutilidad la clave para entender por qué el fútbol moviliza a Argentina de manera tan profunda y visceral.
Durante una entrevista en Infobea a la Tarde, Saravia explicó que la potencia del fútbol no reside en la lógica sino en aquello que la escapa. "No sirve para nada. Y esa es, específicamente, la utilidad que tiene una pasión", sostuvo. Lejos de ser una debilidad, esa inutilidad es precisamente lo que permite que millones de personas encuentren en el deporte un espacio donde sentir que no están solos, que alguien más está viviendo exactamente lo mismo. No hay razón que explique por qué una victoria desata una alegría desbordante o por qué un triunfo de un rival genera una tristeza que persiste días después. Hay algo inconsciente, algo que opera más allá de lo que la mente puede articular con claridad.
Esa dimensión emocional también ilumina comportamientos que fuera de la cancha parecerían incomprensibles. Cuando la lógica de masa entra en juego, la subjetividad individual se disuelve. El hombre de traje que en su vida cotidiana mantiene la compostura puede terminar insultando desde la tribuna o enredado en una pelea porque la masa lo arrastra hacia un lugar donde sus propias reglas ya no aplican. La conducta individual se pierde, se aliena con el otro, y emerge algo distinto.
El fútbol también funciona como uno de los pocos espacios donde muchos hombres argentinos encuentran permiso para expresar lo que sienten. En una cultura donde los varones tienen menos canales para la expresión emocional que las mujeres, el deporte se convierte en una vía legítima para abrirse, para llorar, para gritar. Saravia señaló que "el fútbol va permitiendo que uno pueda abrirse y expresarse de otra manera", algo que en otros contextos sociales les resulta más difícil.
La identificación con los ídolos es otro mecanismo profundo que explica la intensidad del vínculo emocional. Cuando un hincha sigue a Lionel Messi o a cualquier otra figura, no se trata simplemente de admiración. Hay identificación: el hincha toma algo del otro y lo vuelve personal, o deposita en el otro cosas que eran propias de sí mismo. Esa relación psicológica es lo que genera el sentimiento de pertenencia y la lealtad que trasciende generaciones.
La pasión futbolera no surge espontáneamente. Se transmite, se aprende, se incorpora desde edades muy tempranas. Los niños atienden todo el tiempo a la psiquis de las personas que los crían, por eso si los adultos viven el fútbol con intensidad, es probable que los chicos también lo hagan. Dentro de ese universo aparecen las cábalas, los rituales, las costumbres que acompañan a los hinchas cada fin de semana. Esas prácticas tienen raíces ligadas a la fe y a la necesidad de generar cierta sensación de control sobre lo incontrolable. Saravia las diferencia de herramientas psicológicas concretas como la cinta con mensajes que lleva Enzo Fernández durante los partidos, a lo que llamó "anclaje": no es cábala, sino una técnica para volver la mente al presente.
Hay una contradicción fundamental en el fútbol: el sufrimiento. ¿Por qué alguien vuelve una y otra vez a algo que sabe le traerá angustia, nervios, frustración? El psicoanálisis tiene un término para eso: goce. Es la pregunta de por qué repetimos determinadas cosas sabiendo que nos generarán un quilombo, y las seguimos haciendo igual. Esa paradoja es central en la experiencia futbolera argentina.
Al ampliar la mirada, Saravia vinculó la pasión futbolera con un rasgo más amplio de la cultura argentina: vivimos todo en extremos. El fútbol extremo, las relaciones en extremo, el estudio en extremo, la música en extremo, la política no escapa a eso. El fanatismo futbolero no es una anomalía sino la expresión de un acto irracional que define mucho de lo que somos como país.
Citas Notables
No sirve para nada. Y esa es, específicamente, la utilidad que tiene una pasión en tanto se la piensa el fútbol— Sebastián Saravia, psicólogo
El fútbol va permitiendo que uno pueda abrirse y expresarse de otra manera— Sebastián Saravia, sobre la expresión emocional masculina
Es una cuestión de fanatismo. Y el fanatismo, o la definición más sencilla de fanatismo, es un acto irracional— Sebastián Saravia, sobre la cultura argentina
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¿Por qué el fútbol genera emociones tan intensas si, como dice Saravia, no sirve para nada?
Justamente porque no sirve para nada. Eso es lo que lo hace poderoso. No hay utilidad práctica que justifique el llanto, el abrazo con un desconocido, la semana arruinada. Eso es lo que lo hace puro, lo que lo hace pasión.
Pero hay algo irracional en eso. ¿No es preocupante que millones de personas organicen sus vidas alrededor de algo irracional?
No es preocupante, es humano. La razón no explica por qué amamos, por qué creemos, por qué nos duele algo. El fútbol es uno de los pocos lugares donde eso está permitido, donde la irracionalidad es celebrada.
Mencionó que los hombres encuentran en el fútbol permiso para expresar emociones. ¿Eso significa que sin el fútbol, muchos hombres no tendrían forma de sentir?
No exactamente. Significa que en la cultura argentina, el fútbol es uno de los pocos espacios socialmente aceptados donde un hombre puede llorar sin ser cuestionado. Es un permiso que la sociedad le da. Sin él, esas emociones seguirían existiendo, pero sin salida.
¿Y las cábalas? ¿Eso no es un signo de que la gente está perdiendo contacto con la realidad?
Las cábalas tienen que ver con la fe, con la necesidad de sentir que tenemos algún control sobre lo incontrolable. No es irracionalidad patológica, es un mecanismo psicológico. Todos hacemos algo parecido en diferentes áreas de la vida.
Saravia habla del "goce", de repetir algo que sabemos nos hará sufrir. ¿Eso explica por qué los hinchas vuelven cada fin de semana?
Exactamente. Sabemos que puede terminar mal, que vamos a sufrir, pero volvemos igual. Hay algo en ese sufrimiento que también nos atrae, que nos hace sentir vivos. Es paradójico, pero es real.
¿Entonces el fanatismo futbolero es simplemente un reflejo de que los argentinos somos extremistas en todo?
Sí, pero no de manera peyorativa. Es que vivimos intensamente. El fútbol es solo la expresión más visible de eso, pero está en nuestras relaciones, en nuestra política, en cómo nos relacionamos con el mundo. El fanatismo es irracional, pero es también lo que nos define.