En la madrugada del domingo, la comunidad de Lago Pellegrini fue escenario de una tensión tan antigua como la juventud misma: el impulso de reunirse y celebrar chocando contra los límites que impone el orden institucional. Un joven de diecinueve años organizó una fiesta sin permisos, la policía la disolvió sin violencia, y lo que quedó no fue solo el silencio de una madrugada interrumpida, sino una pregunta colectiva sobre qué espacios ofrece la sociedad a quienes todavía están aprendiendo a habitarla.