En el gesto cotidiano de pedir perdón sin causa real se esconde algo más antiguo que la cortesía: el rastro de una infancia donde equivocarse o disentir tenía un costo emocional. La psicología contemporánea distingue con claridad entre la disculpa genuina, que reconoce una responsabilidad concreta, y el patrón compulsivo que busca evitar el conflicto antes de que exista. Lo que parece modestia es, en el fondo, una solicitud silenciosa de permiso para ocupar espacio en el mundo.