En silencio y sin resistencia, las sociedades aprenden a convivir con lo que debería resultarles intolerable. La normalización no es un acto de maldad consciente, sino el resultado de un proceso gradual en el que lo extraordinariamente grave se vuelve cotidiano. Este fenómeno, que ocurre sin fecha ni anuncio, convierte el silencio colectivo en una forma de consentimiento. Reconocerlo es el primer gesto de una posible ruptura.