Seis años después de alejarse de la familia real británica, Meghan Markle regresa a Reino Unido portando algo más que un guardarropa renovado: porta una identidad reclamada. Lo que el mundo observa en sus elecciones de vestimenta no es capricho ni rebeldía, sino el retrato visible de alguien que ha pasado de vestirse para una institución a vestirse para sí misma. En la historia larga de quienes abandonan estructuras de poder, pocas transformaciones son tan legibles —y tan humanas— como la de quien recupera el derecho a su propia imagen.