En los territorios ucranianos bajo control militar ruso, Moscú celebró elecciones que presentó como expresión de soberanía democrática, mientras Occidente las rechazó unánimemente como un simulacro sin legitimidad. La victoria del partido de Putin no disipó la inquietud dentro de Rusia, donde la creciente militarización del Parlamento sugiere que la guerra se convierte en el eje ordenador de la vida política del país. Lo que se disputaba no era solo un resultado electoral, sino la definición misma de quién tiene derecho a nombrar lo que es legítimo.