En un mundo donde más de tres mil millones de personas juegan videojuegos, Chile ha elegido no imitar a los gigantes sino narrar lo que solo él puede narrar: sus mitologías, sus desiertos, sus archipiélagos. En cinco años, las exportaciones del sector pasaron de ser una cifra marginal a representar un crecimiento exponencial sostenido, impulsadas por una apuesta deliberada a la identidad cultural como ventaja competitiva. Es la historia de un país pequeño que descubrió que su diferencia —y no su semejanza con los grandes— es su mayor recurso.