En 1931, el fracaso de una empresa ganadera dejó a cuatro mil ovejas merino libradas a su suerte en la isla Campbell, un rincón subantártico azotado por vientos y lluvias casi perpetuas. Lo que parecía una condena se convirtió, con el paso de las décadas, en un testimonio silencioso de la capacidad adaptativa de la vida: los animales desarrollaron mutaciones propias —muda natural de lana, madurez reproductiva precoz— que ningún criador había diseñado. Cuando los científicos llegaron en 1975, encontraron no solo sobrevivientes, sino una pregunta que la biología y la ética comparten: ¿qué se pre