Los mercados emergentes atraviesan un momento de reconfiguración profunda: ya no son economías a merced de los vaivenes externos, sino territorios que construyen, con deliberación, sus propios cimientos de estabilidad. La convergencia de marcos macroeconómicos más sólidos, capacidades tecnológicas nacientes y una minería revalorizada por la transición energética global dibuja un horizonte donde el crecimiento podría ser, por primera vez en décadas, genuinamente sostenido.