Norman Foster, arquitecto cuya obra ha redefinido espacios públicos en todo el mundo, dirige ahora su mirada no hacia un edificio sino hacia una crisis silenciosa: la retirada del Estado del terreno de la vivienda. En declaraciones recientes, sostiene que décadas de política neoliberal han convertido un bien colectivo fundamental en un activo financiero, y que recuperar el equilibrio entre lo público y lo privado no es nostalgia sino necesidad urgente. Su propuesta —innovar en diseño asequible y moderar el precio del suelo— es, en el fondo, una invitación a que los gobiernos vuelvan a confiar
Norman Foster aboga por reequilibrar vivienda pública y privada
Las administraciones han abandonado la vivienda al mercado privado
¿Por qué un arquitecto de la talla de Foster se detiene ahora a hablar de vivienda pública? ¿No es eso más bien un tema de economistas y políticos?
Porque Foster ve la vivienda como un problema de diseño y construcción, no solo de dinero. Cuando dice que hay que innovar en residencias asequibles, está hablando de cómo se construye, qué materiales se usan, cómo se optimiza el espacio. Es su lenguaje.
Pero aquí hay que ser precisos. ¿Qué entiende Foster exactamente por innovación? ¿Tiene ejemplos concretos, proyectos que ha visto funcionar? El artículo no lo especifica.
Mencionas que las administraciones públicas "tomaban iniciativas más osadas" en el pasado. ¿A qué período se refiere exactamente?
Probablemente a las décadas de posguerra y hasta los años setenta u ochenta, cuando los gobiernos europeos construían vivienda social de forma sistemática. En España, por ejemplo, existía el Instituto Nacional de la Vivienda.
Cierto, pero también es importante recordar que esos programas tenían sus propios problemas: viviendas monótonas, guetos urbanos, mantenimiento deficiente. No es que el pasado fuera simplemente mejor. Foster parece estar sugiriendo un equilibrio nuevo, no una vuelta atrás.
¿Y la propuesta de reducir el precio del suelo? ¿Cómo se hace eso sin expropiar o sin que el Estado compre enormes cantidades de tierra?
Hay varias formas. Impuestos a la especulación, regulación de precios en zonas de desarrollo, asociaciones público-privadas donde el Estado aporta el suelo. No es ciencia ficción.
Pero aquí el artículo es vago. No dice qué mecanismos específicos propone Foster, ni cómo se implementarían en la práctica. ¿Es una crítica general o tiene un plan? Eso no queda claro.
El Pulso
- La vivienda ha dejado de ser un derecho gestionado colectivamente para convertirse en un mercado donde los salarios corren siempre por detrás de los precios.
- Foster advierte que esta situación no fue accidental: fue el resultado de decisiones políticas deliberadas que retiraron al Estado de su rol constructor y promotor.
- Familias enteras destinan porcentajes insostenibles de sus ingresos al alquiler mientras la vivienda se valoriza como instrumento financiero, no como hogar.
- El arquitecto propone dos palancas concretas: reimaginar el diseño de vivienda asequible con nuevas tecnologías y reducir el precio del suelo mediante intervención pública directa.
- El horizonte que Foster dibuja no es un retorno a la vivienda pública masiva del pasado, sino un nuevo equilibrio donde la iniciativa estatal fije estándares que el mercado privado no generaría por sí solo.
Norman Foster, arquitecto cuya obra ha redefinido espacios públicos en todo el mundo, dirige ahora su mirada no hacia un edificio sino hacia una crisis silenciosa: la retirada del Estado del terreno de la vivienda. En declaraciones recientes, sostiene que décadas de política neoliberal han convertido un bien colectivo fundamental en un activo financiero, y que recuperar el equilibrio entre lo público y lo privado no es nostalgia sino necesidad urgente. Su propuesta —innovar en diseño asequible y moderar el precio del suelo— es, en el fondo, una invitación a que los gobiernos vuelvan a confiar en su propia capacidad de actuar.
Norman Foster, cuya intervención transformó el Museo de Bellas Artes de Bilbao, ha vuelto al centro del debate público con una crítica que no apunta a ningún edificio sino a una decisión colectiva: la renuncia del sector público a la vivienda como responsabilidad compartida. En declaraciones recientes, el arquitecto británico sostiene que las administraciones han abandonado casi por completo este terreno, dejando que el mercado privado domine un bien que considera esencial para la vida urbana.
Para Foster, el desequilibrio actual no surgió por inercia sino por elecciones políticas deliberadas. Las administraciones de décadas pasadas asumían riesgos e iniciativas que hoy parecen impensables; esa capacidad de acción ha sido reemplazada por una lógica que convierte al Estado en regulador pasivo de un mercado que ya no alimenta. El resultado es visible: ciudades donde los precios crecen más rápido que los salarios y donde la vivienda funciona más como activo financiero que como hogar.
Ante este diagnóstico, Foster propone dos líneas concretas. La primera es la innovación en diseño y construcción de residencias asequibles —no construir más barato a cualquier costo, sino repensar tecnologías, espacios y procesos para mantener calidad sin sacrificar accesibilidad. La segunda, más estructural, es intervenir en el mercado de suelo para moderar su precio, eliminando así el principal obstáculo que encarece todo lo que se construye sobre él.
Su llamado no es una defensa de la vivienda pública masiva del pasado, sino una apuesta por un equilibrio nuevo: uno donde lo público establezca estándares y posibilidades que el mercado privado no generaría por iniciativa propia. Es un desafío directo a la lógica neoliberal que ha gobernado la política urbana durante treinta años, y una afirmación de que la acción pública en este campo sigue siendo no solo legítima sino imprescindible.
Norman Foster, el arquitecto británico cuya intervención transformó el Museo de Bellas Artes de Bilbao, ha vuelto a ocupar el centro de la conversación pública, esta vez no por un edificio sino por una crítica directa a cómo las ciudades han renunciado a la vivienda como responsabilidad colectiva. En declaraciones recientes, Foster sostiene que el sector público ha abandonado casi por completo el terreno de la vivienda residencial, dejando que el mercado privado domine completamente un bien que considera fundamental para la vida urbana.
La preocupación de Foster no es nueva en los círculos de arquitectura y urbanismo, pero su voz tiene peso. Señala que existe un desequilibrio profundo entre lo público y lo privado en materia de vivienda, un desequilibrio que no surgió por accidente sino por decisiones políticas deliberadas. Según su análisis, las administraciones públicas de décadas pasadas asumían iniciativas más ambiciosas en este campo, tomaban riesgos que hoy parecen impensables. Esa capacidad de acción ha desaparecido, reemplazada por una lógica que deja la provisión de vivienda casi enteramente en manos del sector privado.
Para corregir este rumbo, Foster propone dos líneas de acción concretas. La primera es la innovación en el diseño y la construcción de residencias asequibles. No se trata simplemente de construir más vivienda barata, sino de pensar de nuevo cómo se construye, qué tecnologías se emplean, cómo se optimizan los espacios y los costos sin sacrificar la calidad. Es una invitación a que arquitectos e ingenieros vuelvan a ver la vivienda de bajo costo como un problema de diseño digno de atención, no como un residuo del mercado.
La segunda propuesta es más radical en apariencia, aunque en realidad es una medida de política económica clásica: reducir el precio del suelo. Foster entiende que el costo del terreno es uno de los principales obstáculos para que la vivienda sea accesible. Cuando el suelo es caro, todo lo que se construye sobre él debe ser caro también. Las administraciones públicas, en su visión, deberían intervenir en el mercado de tierras para moderar estos precios, creando condiciones en las que la vivienda asequible sea económicamente viable sin depender de subsidios permanentes.
Lo que subyace en el argumento de Foster es una observación sobre el cambio de rol del Estado en las últimas décadas. Las administraciones públicas, dice, solían tomar la iniciativa en cuestiones de vivienda. Construían, promovían, innovaban. Ahora se han retirado, convirtiéndose en reguladores pasivos de un mercado que ellas mismas ya no alimentan. Esta retirada no ha traído eficiencia ni acceso ampliado a la vivienda; ha traído lo contrario: ciudades donde el precio de la vivienda crece más rápido que los salarios, donde familias enteras gastan porcentajes insostenibles de sus ingresos en alquiler, donde la vivienda se ha convertido en un activo financiero antes que en un hogar.
Su llamado es, en esencia, a que los gobiernos recuperen confianza en su capacidad de actuar en este terreno. No necesariamente para volver a un modelo de vivienda pública masiva como el de décadas pasadas, sino para encontrar un equilibrio nuevo, donde lo público y lo privado trabajen juntos, donde la iniciativa pública establezca estándares y posibilidades que el mercado privado no generaría por sí solo. Es una propuesta que desafía la lógica neoliberal que ha dominado la política urbana durante los últimos treinta años, sugiriendo que hay espacios donde la acción pública sigue siendo no solo legítima sino necesaria.
Citas Notables
En el pasado las administraciones tomaban iniciativas más osadas en materia de vivienda— Norman Foster