En un momento en que la imaginación colectiva se consume con visiones de apocalipsis tecnológico, los daños concretos de la inteligencia artificial ya se acumulan en silencio: diagnósticos erróneos, discriminación algorítmica, desinformación generada con aplomo. El verdadero riesgo no habita en un futuro especulativo, sino en el presente donde sistemas imperfectos operan sin supervisión suficiente, respaldados por corporaciones que anteponen la velocidad a la responsabilidad. La pregunta que la sociedad debería hacerse no es si las máquinas nos destruirán, sino quién responde cuando la tecnolo