En Tegucigalpa, un niño de diez años llamado André Enoc ha convertido una noche frente a un telescopio en una vocación que trasciende fronteras. Participante en programas de la NASA y reconocido por astronautas profesionales, André no solo persigue el espacio como destino personal, sino como un derecho que espera extender a todos los niños de Honduras. Su historia nos recuerda que la curiosidad, cuando encuentra disciplina, puede desafiar cualquier geografía del destino.