En el lento lenguaje de la diplomacia, un cierre de embajada no es un portazo sino un silencio deliberado. El miércoles, Nicaragua retiró formalmente su presencia en Santo Domingo, consumando una distancia que comenzó en julio cuando República Dominicana se atrevió a cuestionar la decisión de Daniel Ortega de rediseñar las reglas del poder en su país. Lo que está en juego no es solo una disputa bilateral: es la tensión perenne entre gobiernos que consolidan su control y vecinos que ya no quieren ser cómplices de ese proceso.