Ni monstruos ni heroínas: la violencia contra mujeres es producto del patriarcado

Millones de mujeres víctimas de violencia física y sexual; casos específicos incluyen Gisèle Pelicot (violada durante 10 años) y Rebecca Cheptengei (quemada por su pareja).
Son hijos sanos del patriarcado convencidos de que pueden disponer de los cuerpos femeninos
La autora rechaza la idea de que los violadores sean monstruos, argumentando que son producto de sistemas de poder patriarcal.

En cada rincón del planeta, 736 millones de mujeres cargan con las marcas de una violencia que no nace de la monstruosidad individual, sino de un orden social que la ha tolerado y reproducido durante siglos. El caso de Gisèle Pelicot, violada durante una década por su esposo y decenas de desconocidos, no es una anomalía protagonizada por seres excepcionales en su crueldad: es el rostro visible de un patriarcado que convence a sus hijos de que los cuerpos femeninos son territorio disponible. Llamar monstruo al agresor es, paradójicamente, una forma de absolverlo —y de absolver al sistema que lo formó.

  • El 95% de la violencia contra mujeres no proviene de enfermedades mentales sino de decisiones conscientes tomadas por hombres que crecieron creyendo tener derecho sobre los cuerpos femeninos.
  • Casos como el de Gisèle Pelicot —violada durante diez años mientras permanecía inconsciente— o el de Rebecca Cheptengei —quemada viva por su pareja— revelan que el peligro real no acecha en la oscuridad de la calle, sino en la intimidad del hogar.
  • Los sistemas de apoyo —médicos, educativos y legales— perpetúan la revictimización porque están dominados por las mismas dinámicas de poder masculinas que originan la violencia.
  • Heroizar a las víctimas y demonizar a los agresores como 'monstruos' desvía la mirada del verdadero problema: un patriarcado normalizado que debe ser desmantelado en múltiples frentes simultáneamente.

Cuando Gisèle Pelicot decidió enfrentar públicamente su juicio por violación, el mundo conoció una década de horror: drogada por su esposo, fue violada repetidamente por él y por cerca de setenta hombres desconocidos. Las redes la llamaron heroína; a su marido, monstruo. Pero esa narrativa, aunque comprensible, oculta algo fundamental: las mujeres no deberían necesitar ser heroínas para que su humanidad sea reconocida, y los agresores no son criaturas excepcionales surgidas de ninguna parte.

La Organización Mundial de la Salud reportó en 2021 que 736 millones de mujeres —casi una de cada tres mayores de quince años— han sufrido violencia física o sexual al menos una vez en sus vidas. La atleta olímpica ugandesa Rebecca Cheptengei murió quemada por su pareja. Estos casos son apenas destellos de una violencia doméstica que ocurre constantemente y en silencio, porque la vergüenza recae sobre las víctimas y el testimonio de las mujeres sigue siendo cuestionado por razones absurdas.

La psicóloga social Ligia Orellana advierte que la etiqueta de 'monstruo' surgió de casos excepcionales donde el agresor padecía una enfermedad mental no diagnosticada. Pero eso es la excepción: estudios recientes demuestran que si las enfermedades mentales desaparecieran por completo, la violencia criminal solo disminuiría un cinco por ciento. El noventa y cinco por ciento restante responde a decisiones deliberadas, conscientes, de hacer daño.

Para Claudia García Moreno, quien dirigió durante treinta años el equipo de la OMS dedicado a erradicar la violencia contra las mujeres, la respuesta es una sola palabra: patriarcado. Un niño que crece aprendiendo que las mujeres existen para su conveniencia asimila una lección que puede volverse devastadora. Los sistemas de apoyo —hospitales, escuelas, juzgados— perpetúan esa lógica porque sus tomadores de decisiones son mayoritariamente hombres impregnados de los mismos prejuicios.

Los hombres que violentan a mujeres no son monstruos: son hijos sanos de un orden que los formó así, convencidos de que los cuerpos femeninos son su territorio. En un mundo donde un hombre con acusaciones comprobadas de abuso sexual puede ser elegido presidente dos veces, la valentía de mujeres como Pelicot debe ser un faro que ilumine el cambio estructural —no una anécdota que el tiempo borre.

Hace más de dos meses que el caso de Gisèle Pelicot sacudió al mundo. Su decisión de enfrentar públicamente un juicio por violación permitió que millones conocieran los detalles de una década de abuso: violada repetidamente por su esposo y aproximadamente setenta hombres desconocidos mientras permanecía inconsciente, drogada sin su conocimiento ni consentimiento. Las redes sociales se llenaron de admiración por su coraje. Rápidamente, palabras como heroína se convirtieron en sinónimos para describirla, mientras que monstruo se aplicaba especialmente a su esposo. Pero hay algo importante que debe quedar claro en medio de este caso que ha inspirado a otras mujeres a buscar justicia: ni las mujeres desean ser heroínas ni los hombres que cometen violencia contra ellas son monstruos en el sentido que la palabra sugiere. Las mujeres no deberían necesitar ser ejemplos de nada para que su valor como seres humanos sea reconocido.

El caso de Pelicot es apenas uno entre innumerables que ocurren diariamente en todos los rincones del planeta. Muchos nunca llegan a la esfera pública. Muchas mujeres eligen el silencio, no solo porque la vergüenza recae sobre ellas, sino porque su testimonio sigue siendo cuestionado por razones absurdas: la ropa que vestían, el hecho de tener una carrera, el atrevimiento de salir de casa. Mientras tanto, los hombres actúan desde la impunidad y desde una convicción profundamente arraigada en la sociedad: que pueden hacer con las mujeres lo que deseen, porque no existe castigo real para los violadores. Los números lo confirman. En 2021, la Organización Mundial de la Salud reportó que 736 millones de mujeres, casi una de cada tres mayores de quince años, han sido víctimas de violencia física o sexual por parte de una pareja, fuera de una relación de pareja, o ambas, al menos una vez en sus vidas. Casos como el de la atleta olímpica ugandesa Rebecca Cheptengei, quien murió por quemaduras severas después de que su pareja la rociara con gasolina y la incendiara, son apenas muestras pequeñas de una violencia doméstica que ocurre constantemente.

Desde la infancia, a las mujeres se nos enseña que el peligro acecha en la calle, en la oscuridad de la noche. La realidad es distinta: el peligro está en casa, tiene el rostro de alguien querido, alguien en quien confiamos, alguien a quien teóricamente no deberíamos temer. Entonces, ¿por qué insistimos en llamarles monstruos? La doctora Ligia Orellana, psicóloga social e investigadora sobre prejuicios y dinámicas de grupos, explica que esta generalización surgió de casos aislados donde se comprobó que el perpetrador padecía una enfermedad mental no diagnosticada. Pero eso es la excepción, no la regla. Incluso entre hombres diagnosticados con enfermedades mentales, está demostrado que son más propensos a sufrir abuso sexual que a perpetrarlo. Una enfermedad mental es una vulnerabilidad, no una causa de violencia. Estudios recientes muestran que si las enfermedades mentales desaparecieran completamente, la tasa de violencia criminal solo disminuiría un cinco por ciento. El noventa y cinco por ciento restante tiene motivaciones que nacen de la conciencia, de decisiones deliberadas para hacer daño.

Para Orellana, el ambiente en el que crecen los perpetradores es clave. Si un niño crece pensando que las mujeres están ahí para él, la lección que asimila es que puede usar a las mujeres a su conveniencia. En marzo de este año, Colombia se escandalizó por un caso que ilustra esto: un niño de siete años había abusado de una compañera de cinco años. Tanto la niña como su madre habían informado a las autoridades escolares sobre el comportamiento violento del niño. ¿Es ese niño un monstruo? Para Claudia García Moreno, quien trabajó treinta años en la OMS dirigiendo el equipo encargado de erradicar la violencia contra las mujeres, la respuesta es simple: patriarcado. Hay tantas formas en que estos comportamientos se ven como normales que el trabajo debe ocurrir en múltiples frentes: en la respuesta médica, en las escuelas, con los niños, sobre equidad de género. Todos los sistemas de apoyo a las víctimas tienen dinámicas de poder donde los hombres son los tomadores de decisiones.

Durante su gestión en la OMS, García impulsó un currículum para entrenar a proveedores médicos sobre cómo abordar estos casos más allá de sus propios prejuicios. En muchos países, explica, es aceptado el "si no te pega no te quiere" o la idea de que la violencia es la cruz de la vida matrimonial. Esto perpetúa la revictimización e impunidad. El trabajo de García descubrió vínculos entre niños que presencian violencia en sus hogares y que luego se convierten en perpetradores. Si bien es importante entender ese contexto para identificar las causas, no debería servir como excusa para eliminar la responsabilidad. No se puede decir que un hombre estaba estresado y por eso violó a su pareja o a sus hijos. Los hombres que violentan a mujeres no son monstruos. Son hijos sanos del patriarcado, convencidos de que los cuerpos femeninos son su territorio, que pueden disponer de ellos sin consentimiento ni castigo. En un mundo donde un hombre como Donald Trump puede ser elegido presidente dos veces a pesar de acusaciones comprobadas de abuso sexual, la valentía de mujeres como Pelicot debe ser un faro. Ojalá no termine siendo solo una anécdota.

Si creces pensando en que las mujeres están ahí para ti, la lección es que puedes usar a las mujeres a tu conveniencia
— Dra. Ligia Orellana, psicóloga social e investigadora
Hay tantas maneras en que este tipo de comportamientos es visto como normal, que tenemos que trabajar en la respuesta de ayuda médica, trabajar en las escuelas y con niños sobre la equidad de género
— Claudia García Moreno, exdirectora de equipo de erradicación de violencia en la OMS
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué es tan importante dejar de llamar monstruos a los hombres que cometen violencia?

Model

Porque cuando los llamamos monstruos, los colocamos fuera de la sociedad, como si fueran excepciones. Pero la realidad es que son producto de sistemas que los crían para creer que tienen derecho sobre los cuerpos de las mujeres.

Inventor

Entonces, ¿estás diciendo que cualquier hombre podría ser un violador?

Model

No exactamente. Estoy diciendo que la violencia no es producto de enfermedad mental o de monstruosidad innata. Es producto de decisiones conscientes, de una convicción aprendida. El noventa y cinco por ciento de la violencia viene de ahí, no de patología.

Inventor

¿Y qué hay de los casos que vemos en las noticias, como el de Gisèle Pelicot? ¿No merecen admiración?

Model

Merecen justicia. Pero cuando las convertimos en heroínas, estamos diciendo que necesitan ser extraordinarias para que su palabra valga. Las mujeres no deberían tener que ser ejemplos para que se las crea.

Inventor

¿Cuál es el papel de la educación en todo esto?

Model

Fundamental. Si desde la infancia enseñamos a los niños que las mujeres están ahí para ellos, les estamos dando permiso. Necesitamos trabajar en equidad de género desde las escuelas, en los sistemas médicos, en todas partes.

Inventor

¿Hay esperanza de cambio?

Model

Solo si dejamos de ver esto como un problema de individuos malos y empezamos a ver que es un problema de sistemas. El patriarcado no es un monstruo. Es una estructura que podemos desmantelar.

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