En un momento que pone a prueba los cimientos de la justicia internacional, Tomoko Akane, presidenta del Tribunal Penal Internacional, respondió esta semana a las sanciones impuestas por la administración Trump con una afirmación que trasciende lo jurídico: ningún poder, por grande que sea, escapa al peso de la historia. Desde La Haya, donde la corte lleva décadas intentando hacer universal la rendición de cuentas, su voz se alzó no como argumento técnico sino como recordatorio moral. El conflicto revela una tensión tan antigua como la civilización misma: la pugna entre la soberanía del poder