En la intersección entre la ambición tecnológica y el deseo de poder sin límites, Elon Musk ha dirigido su mirada hacia el territorio más íntimo de la humanidad: el cerebro. Analistas y periodistas examinan cómo sus proyectos de interfaz neuronal y la compra de Twitter por 44.000 millones de dólares en 2022 no son caprichos aislados, sino piezas de una estrategia coherente para dominar los espacios donde las reglas aún no existen. Lo que se presenta como innovación científica lleva, en su núcleo, una pregunta más antigua y más inquietante: ¿quién tiene el derecho de escribir las normas que gob