En los márgenes que el mundo moderno suele ignorar, mujeres indígenas de la Amazonía peruana custodian uno de los ecosistemas más vitales del planeta, no como funcionarias ni como activistas de campaña, sino como herederas de un saber milenario que no distingue entre la vida propia y la vida del bosque. Su labor cotidiana de conservación desafía la suposición de que proteger la naturaleza es tarea de expertos externos, recordándonos que los guardianes más eficaces suelen ser quienes más tienen que perder. Reconocer su rol no es solo un acto de justicia: es una condición práctica para cualquier