En Buenos Aires, la ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva defendió ante el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales una política que, según los datos que ella misma presenta, ha llevado a Argentina a registrar la tasa de homicidios más baja de su historia y de toda América Latina. Su exposición no fue solo un balance de cifras, sino una declaración de principios sobre cómo un Estado puede navegar contra la corriente de una región que concentra un tercio de los homicidios dolosos del mundo. En el fondo, su mensaje plantea una pregunta que las democracias latinoamericanas lleva