Durante siglos, la medicina ha observado con perplejidad que los fumadores desarrollan Párkinson con menor frecuencia que quienes no fuman. Un equipo de la Universidad de Oxford ha seguido ese hilo durante doce años y medio millón de vidas para llegar a una respuesta inesperada: no es el tabaco el que protege, sino el monóxido de carbono que viaja en su humo. El hallazgo separa por fin la causa del efecto, abriendo una puerta terapéutica sin necesidad de cruzar la del veneno.