En Marruecos, la figura de Mohamed VI lo ocupa todo —los muros, los discursos, la arquitectura del poder— y sin embargo el hombre mismo ha elegido retirarse de la vista en un momento en que su país enfrenta tensiones sociales y una crisis migratoria persistente. Es la paradoja del soberano omnipresente que gobierna desde la sombra: su autoridad no mengua, pero su silencio habla. La historia conoce bien este gesto, aunque rara vez lo descifra con facilidad.