En las profundidades del estado Amazonas, donde la selva y la vulnerabilidad se entrelazan, el Ministerio de Salud y el PNUD se reunieron para medir el pulso de su lucha conjunta contra la malaria. No bastaba con haber actuado: era necesario saber si esa acción había llegado realmente a quienes más la necesitan. En regiones donde el acceso a la salud es ya de por sí frágil, la diferencia entre un programa y una promesa cumplida se mide en capacidades locales, en trabajadores preparados y en sistemas que detectan la enfermedad antes de que se propague.