Argentina atraviesa una de sus reorientaciones diplomáticas más pronunciadas en décadas: el gobierno de Javier Milei ha decidido convertir su afinidad ideológica con Donald Trump en arquitectura concreta de comercio, tecnología y defensa, mientras congela deliberadamente sus vínculos con Beijing tras negarse a disculparse por críticas públicas al Partido Comunista Chino. En un mundo donde la rivalidad entre potencias se intensifica, Buenos Aires ha elegido un bando con plena conciencia del costo que esa elección implica. La apuesta no es solo geopolítica: es también una jugada doméstica para r