En Suiza, más de mil ciudadanos convirtieron una prenda cotidiana en un instrumento de medición científica, enterrando ropa interior de algodón para escuchar lo que el suelo tiene que decir sobre su propia vitalidad. La velocidad con que los microorganismos descomponen el tejido revela el pulso invisible de la tierra: cuánta vida la habita, cuán bien la tratamos, cuánto la hemos alterado sin saberlo. Este experimento de ciencia ciudadana nos recuerda que la salud del planeta no comienza en los grandes ecosistemas remotos, sino justo debajo de nuestros pies, en el jardín de casa.