Fomin y sus dos compañeros lograron en 2021 una hazaña considerada imposible: escalar la arista sudeste del Annapurna III en condiciones extremas de hambre y frío. Desde la invasión rusa, los tres alpinistas han dejado de escalar para dedicarse a recaudar fondos y comprar equipamiento militar para el ejército ucraniano.
Mikhail Fomin: «El alpinismo en sí mismo no sirve para nada»
El alpinismo en sí mismo no sirve para nada
¿Cómo es posible que alguien abandone completamente la montaña después de lograr algo que consideraba imposible?
Para Fomin y sus compañeros no fue una decisión abstracta. La invasión rusa cambió el contexto de sus vidas de forma radical. No es que hayan perdido el interés; es que sus prioridades se reorganizaron en torno a la supervivencia de su país.
Pero el artículo no dice cuándo exactamente dejaron de escalar o si alguno de los tres ha intentado volver a la montaña desde entonces. ¿Fue inmediato o gradual?
Es una buena pregunta. El texto sugiere que en dos años casi no han pisado montaña, pero no especifica si fue una decisión consciente el 24 de febrero o si fue evolucionando.
¿Y qué significa que Fomin diga que el alpinismo es "100% egoísta"? ¿No está contradiciendo su propia vida?
No, creo que está siendo honesto consigo mismo. Reconoce que necesita la montaña como forma de expresión, pero también reconoce que es un lujo que no puede permitirse ahora. Hay una tensión real ahí.
Lo que me intriga es si esa reflexión sobre el egoísmo del alpinismo es algo que pensaba antes de la guerra o si es una racionalización posterior. El artículo no lo aclara.
Es verdad. Podría ser ambas cosas. Pero lo que sí queda claro es que Fomin ha encontrado una forma de vivir con esa contradicción: donando dinero, comprando equipamiento militar, siendo voluntario.
¿Y los otros dos alpinistas? El artículo apenas habla de Balabanov y Polezhaiko.
Ese es un vacío importante. Sabemos que también han dejado de escalar, pero no tenemos sus voces, sus motivaciones, cómo viven ellos esta pausa.
Exacto. Es una entrevista con Fomin sobre su libro. Los otros dos son personajes secundarios en esta historia, aunque fueron iguales protagonistas en la montaña.
El Pulso
- Tres alpinistas ucranianos escalaron la arista sudeste del Annapurna III (7.555 m) en 2021
- La expedición duró 15 días en la arista, 3 días de descenso, con casi una semana comiendo una barrita diaria
- Desde la invasión rusa, Fomin dona la mitad de su sueldo y compra equipamiento militar para el ejército ucraniano
- Fomin ha ganado el Piolet de Oro, el máximo galardón del alpinismo, dos veces
- Publicó el libro Paciencia (Ed. Desnivel) poco antes de que estallara el conflicto
Fomin y sus dos compañeros lograron en 2021 una hazaña considerada imposible: escalar la arista sudeste del Annapurna III en condiciones extremas de hambre y frío. Desde la invasión rusa, los tres alpinistas han dejado de escalar para dedicarse a recaudar fondos y comprar equipamiento militar para el ejército ucraniano.
Mikhail Fomin, uno de los tres alpinistas ucranianos que escalaron el Annapurna III en 2021, reflexiona sobre el valor del alpinismo mientras trabaja para abastecer al ejército ucraniano tras la invasión rusa.
En noviembre de 2021, tres alpinistas ucranianos —Mikhail Fomin, Nikita Balabanov y Viacheslav Polezhaiko— completaron lo que muchos en su disciplina consideraban imposible: conquistar la arista sudeste del Annapurna III, una montaña de 7.555 metros en el Himalaya. La hazaña los ubicó en la conversación más elevada del alpinismo mundial, comparable solo a los logros de Voytek Kurtyka y Robert Schauer, quienes en 1985 escalaron la cara oeste del Gasherbrum IV en una empresa que entonces parecía haber alcanzado los límites de lo humanamente posible en la montaña.
La expedición ucraniana fue un ejercicio de resistencia extrema. Los tres hombres invirtieron quince días en la complicada arista, casi siempre sin poder tenderse para dormir. Pasaron tres días adicionales descendiendo. Cuando finalmente llegaron a Katmandú, habían perdido en conjunto el equivalente al peso de un cuarto escalador. Durante casi una semana comieron poco más que una barrita diaria y algo parecido a té. Sus sacos de dormir estaban empapados. La expedición fue concebida años antes, durante una fiesta de cumpleaños cuando los tres amigos, después de despedir a otros invitados, se permitieron unos minutos a solas para planificar juntos. Ese ritual de planificación se perpetuó hasta que un día surgió el Annapurna III: la línea que los alpinistas más auténticos deseaban conquistar.
Ahora, casi dos años después de esa victoria, Mikhail Fomin —quien lleva una foto de su padre, un escalador que murió en un accidente en Crimea, pegada al corazón— no ha vuelto a pisar montaña alguna. La invasión rusa de Ucrania cambió todo. Fomin, quien ha ganado el Piolet de Oro, el máximo galardón del alpinismo, dos veces, se dedica ahora a recaudar fondos y comprar equipamiento para el ejército de su país. Dona la mitad de su sueldo. Pasa horas al teléfono buscando drones, furgonetas pick-up, cascos y chalecos antibalas. Ha organizado campañas de recogida de fondos a través de sus redes sociales. "Tuve que dejar mi hogar no porque lo desease, sino porque nuestros vecinos estúpidos decidieron un día que sabían mejor que nosotros cómo vivir nuestras vidas", lamenta.
Poco antes de que estallara el conflicto, Fomin terminó apresuradamente un libro sobre su odisea en el Annapurna III, titulado Paciencia, publicado por la editorial Desnivel. En una entrevista por correo electrónico sobre el libro, rechazó revelar su lugar de residencia actual por razones obvias. En sus páginas, Fomin reflexiona sobre lo que lo movía a él y a sus compañeros. No era la búsqueda de un premio. "Creo que uno desea regresar siendo una mejor versión de sí mismo en la vida corriente, mejor padre, hijo, amigo, marido, trabajador", explica. Describe cómo durante un par de meses después de su regreso logró apreciar el más mínimo detalle, hasta que la rutina lo cubrió todo. El Annapurna III no cambió su vida, pero sí la alteró. Aprendió cuánto es capaz el ser humano de redefinir los límites de su mente y su organismo.
Fomin no menciona el miedo en su libro en el sentido habitual aplicado a la escalada. "Entiendes la exposición inmensa a la que te enfrentas y las consecuencias que tendrá cualquier error que cometas. Así que te concentras en no cometer fallos tontos por culpa de la fatiga, fallos que serán fatales", dice. Los tres alpinistas se relevaban en cabeza de cuerda, asumiendo los riesgos según sus habilidades y su estado emocional y físico. Fomin insiste en la importancia de la amistad sincera que los une, aunque reconoce que la historia del alpinismo está llena de cordadas exitosas compuestas por hombres que nunca fueron amigos: Kurtyka y Kukuczka, Messner y Kammerlander, Allan y Allen.
Lo que sorprende es la capacidad de Fomin para contextualizar su pasión con una honestidad casi incómoda. "El alpinismo en sí mismo no sirve para nada. Lo que sí tiene valor es ver cómo cambias cuando te enfrentas a retos de este tipo", dice. Reconoce que se siente celoso de quienes exploran actividades que no solo los transforman sino que resultan útiles para otros: enseñar a niños, cuidar enfermos, construir naves espaciales, crear negocios. "El alpinismo, en cambio, es al 100% un gesto egoísta, una pérdida de tiempo. ¿Pero qué podemos hacer los que lo necesitamos como forma de expresión?", se lamenta.
A veces, Fomin se sorprende mirando por la ventana, soñando con cimas, recordando momentos en el Annapurna III. Aún tiene hambre de retos. "Llegarán cuando acabe la guerra y ganemos, por supuesto. Pero primero ha de caer Rusia", sentencia. Respecto a los amigos rusos con los que ha escalado desde casi adolescente, traza una línea clara: "Aquellos que denuncian o combaten la guerra siguen siendo mis amigos. Los que no lo hacen han dejado de existir para mí".
Citas Notables
Creo que uno desea regresar siendo una mejor versión de sí mismo en la vida corriente, mejor padre, hijo, amigo, marido, trabajador— Mikhail Fomin
Aquellos que denuncian o combaten la guerra siguen siendo mis amigos. Los que no lo hacen han dejado de existir para mí— Mikhail Fomin, sobre sus amigos rusos