En el Monumental de Buenos Aires, ante ochenta y cinco mil personas, Lionel Messi cerró veintiún años de historia con la Selección Argentina convirtiendo su gol número ciento veintiséis y recibiendo la ovación que las grandes despedidas merecen. No fue solo un partido de fútbol: fue el momento en que una nación se detuvo para reconocer a quien durante dos décadas encarnó sus esperanzas y alegrías más profundas. Hay adioses que no terminan cuando suena el pitido final, sino que se prolongan en la memoria colectiva de quienes los vivieron.
Messi se despide de Argentina con gol y ovación en el Monumental
La ovación no fue por el gol; fue por todo lo que representaba
¿Por qué este partido se sintió diferente a cualquier otro que Messi haya jugado con Argentina?
Porque todos sabían que era el último. Ochenta y cinco mil personas no van al Monumental un martes cualquiera a menos que sepan que están presenciando un cierre. La ovación después del penal no fue por el gol; fue por todo lo que representaba.
Pero el partido en sí fue bastante rutinario, ¿no? Argentina ganó tres a cero contra Benín. No fue una final, no fue un rival de peso.
No, pero eso casi lo hace más perfecto. No necesitaba ser épico en el campo. La épica estaba en el significado.
¿Qué tan simbólico fue que Otamendi también se despidiera esa noche?
Muy simbólico. Dos históricos, dos defensores de la camiseta, cerrando sus ciclos juntos. Y Messi lo asistió en su último partido. Eso no fue casualidad.
Aunque tampoco sabemos si Otamendi tenía planeado retirarse esa noche o si simplemente fue su último partido. El artículo no lo aclara.
Tienes razón. Pero el hecho es que ambos jugaron sus últimos partidos juntos, y eso tiene peso.
¿Qué significó ese espectáculo de drones al final?
Fue la ceremonia. Argentina le estaba diciendo adiós a su símbolo más grande de la manera en que una nación lo hace: con ritual, con luz, con la mirada puesta en el cielo.
Fue teatral, sin duda. Pero también fue el cierre que una figura como Messi merecía después de veintiún años.
Il Polso
- Ochenta y cinco mil espectadores convirtieron el Monumental en un templo de despedida, conscientes de que presenciaban el cierre de una era irrepetible.
- Messi falló cuatro ocasiones en el primer tiempo, y la tensión de que la noche pudiera terminar sin su gol se respiraba en cada rincón del estadio.
- A los setenta minutos, un penal ejecutado con precisión y determinación desató una ovación comparable a la de una final del mundo, no por su dificultad, sino por su significado.
- Nicolás Otamendi, también en su despedida internacional tras ciento cuarenta partidos, marcó con asistencia de Messi, convirtiendo la noche en un homenaje doble a dos pilares históricos.
- Un espectáculo de drones que dibujó la figura de Messi y su camiseta número diez en el cielo porteño selló una ceremonia que el fútbol argentino tardará décadas en olvidar.
En el Monumental de Buenos Aires, ante ochenta y cinco mil personas, Lionel Messi cerró veintiún años de historia con la Selección Argentina convirtiendo su gol número ciento veintiséis y recibiendo la ovación que las grandes despedidas merecen. No fue solo un partido de fútbol: fue el momento en que una nación se detuvo para reconocer a quien durante dos décadas encarnó sus esperanzas y alegrías más profundas. Hay adioses que no terminan cuando suena el pitido final, sino que se prolongan en la memoria colectiva de quienes los vivieron.
El martes por la noche en el Monumental de Buenos Aires, Lionel Messi cerró veintiún años con la Selección Argentina de la manera que sus admiradores hubieran soñado: con un gol, una ovación que sacudió el estadio y la certeza de que algo definitivo acababa de terminar. Ante ochenta y cinco mil espectadores, el capitán de treinta y nueve años convirtió su tanto número ciento veintiséis en una victoria de tres a cero sobre Benín, un marcador que quedó en segundo plano frente a lo que sucedía en el campo y en las gradas.
El gol llegó a los setenta minutos desde el punto penal: un zurdazo potente junto al palo izquierdo que desató una ovación de final de era. Antes, Messi había desperdiciado cuatro ocasiones en el primer tiempo sin que ninguna encontrara el fondo de la red. Pero la noche no era solo suya. A los cuarenta y ocho minutos del segundo tiempo, ejecutó un córner que Nicolás Otamendi —también en su despedida internacional, en su partido número ciento cuarenta— conectó para abrir el marcador. Fue un gesto que resumía lo que Messi siempre fue: alguien que hacía jugar a los demás. Nico Paz amplió la ventaja a los sesenta y uno con un remate desde fuera del área.
Cuando el árbitro Fernando Véjar pitó el final, entregó sus tarjetas al número diez como recuerdo. Jugadores de Argentina y Benín hicieron fila para saludar al capitán. Luego, los asistentes alzaron la mirada hacia el cielo: un espectáculo de drones recreó la figura de Messi y la camiseta que vistió desde su debut en dos mil cinco. Fue el tipo de despedida que una nación reserva para sus figuras más grandes. Con ciento veintiséis goles y más de dos décadas defendiendo la albiceleste, ese símbolo se despidió para siempre.
El martes por la noche en el Monumental de Buenos Aires, Lionel Messi cerró veintiún años con la Selección Argentina de la manera que sus admiradores hubieran querido: con un gol, una ovación que sacudió el estadio, y la sensación de que algo definitivo acababa de terminar. Ante ochenta y cinco mil espectadores, el capitán de treinta y nueve años convirtió su tanto número ciento veintiséis con la camiseta albiceleste en una victoria de tres a cero sobre Benín, un marcador que quedó secundario frente a lo que sucedía en el campo y en las gradas.
El gol llegó a los setenta minutos desde el punto penal. Messi tomó el balón, respiró, y ejecutó un zurdazo potente que se metió junto al palo izquierdo del arquero Marcel Dandjinou. No fue un gol de técnica imposible ni de gambeta desconcertante; fue un penal bien ejecutado, pero la ovación que lo acompañó no fue la de un tanto cualquiera. Fue la de un adiós. Los espectadores se pusieron de pie como si estuvieran presenciando el gol de una final, porque en cierto sentido lo eran: el final de una era.
Antes de anotar, Messi había tenido oportunidades en el primer tiempo. A los seis minutos, a los veintitrés, a los veintiséis y a los treinta y dos. Ninguna entró. Pero la noche no era solo suya. A los cuarenta y ocho minutos del segundo tiempo, ejecutó un tiro de esquina que llegó al área pequeña de Benín. Nicolás Otamendi, otro histórico de la selección que disputaba su partido número ciento cuarenta, apareció para conectar el remate y marcar el uno a cero. Messi asistió a uno de sus compañeros más cercanos en lo que fue también la despedida internacional del defensor de treinta y ocho años. Fue un gesto que resumía algo de lo que Messi siempre fue: alguien que hacía jugar a los demás.
Nico Paz amplió la ventaja a los sesenta y uno minutos con un remate desde fuera del área que Dandjinou no pudo detener. El marcador ya no importaba. Lo que importaba era lo que sucedería después del pitido final.
Cuando el árbitro Fernando Véjar pitó el final, entregó sus tarjetas al número diez como recuerdo. Los jugadores de Argentina y Benín hicieron fila para saludar al capitán. Luego, los asistentes dirigieron la mirada hacia el cielo. Un espectáculo de drones recreó la figura de Messi y la camiseta que vistió desde su debut internacional en dos mil cinco. Fue un cierre orquestado, ceremonial, el tipo de despedida que una nación reserva para sus figuras más grandes.
Con ciento veintiséis goles y más de dos décadas defendiendo la camiseta argentina, Messi cerró así una etapa histórica. Su trayectoria incluyó los principales títulos internacionales y convirtió su número diez en uno de los símbolos más reconocibles del fútbol mundial. El martes por la noche, ese símbolo se despidió.
Citazioni salienti
Messi ejecutó un potente zurdazo que ingresó junto al palo izquierdo del arquero de Benín— Descripción del gol de penal a los 70 minutos