En el corazón de una Alemania fracturada entre el este y el oeste, el canciller Friedrich Merz contempló el domingo cómo la ultraderechista AfD consolidaba su dominio electoral en Mecklemburgo-Antepomerania con casi el 38% de los votos, mientras su propio partido se desplomaba a cifras históricamente humillantes. No es solo una derrota electoral: es el reflejo de una crisis de legitimidad que convierte a Merz en el canciller menos respaldado desde los orígenes de la República Federal. La pregunta que Europa entera escucha resonar desde Berlín ya no es si la ultraderecha puede ganar, sino si el