En un momento en que casi nueve de cada diez organizaciones han incorporado la inteligencia artificial a sus operaciones, un estudio global de McKinsey revela una paradoja inquietante: la tecnología transforma la experiencia individual del trabajo, pero rara vez transforma los estados financieros. La brecha entre lo que los empleados sienten y lo que las empresas ganan plantea una pregunta más antigua que la IA misma: ¿cuándo una herramienta poderosa se convierte en ventaja real, y cuándo se convierte simplemente en un hábito costoso?